Vidas sembradas

dador de vida
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(Jn 12, 20-33) PIENSA en qué personas han dejado en ti una huella honda y profunda de humanidad; aquellas que acuden a tu memoria en los momentos difíciles y en los más tiernos; aquellas que, de vez en vez, siguen alumbrando tu rostro con una sonrisa de agradecimiento sincero… Hay personas que se han sembrado en nuestra vida; son las que nos permiten dar fruto de humanidad.

Personas sencillas, pero con carácter; fueron serviciales y, a la vez, recriminaron, con sus palabras o sus silencios, nuestra falta de generosidad; personas que no solo nos daban cosas, sino que se nos dieron ellas mismas, y con ternura despertando nuestra libertad. Hay personas que se siembran en la vida y dan fruto: “Os aseguro que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. Así quiso ser el Señor, grano de trigo que se sembró en el surco del mundo.

Sembrarse requiere sacrificio, entrega, negarse a uno mismo, aguantar momentos de oscuridad en los que parece que nada tiene sentido, momentos de tentación en los que el camino más fácil parece ser el mejor.

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Sembrarse requiere mucho amor. El amor verdadero da sin esperar nada a cambio, no se supedita a la reciprocidad; entrega no lo que le sobra, sino lo que el otro necesita para crecer. El que ama sale de sí mismo, y en ese “éx-tasis”, se entrega a Dios, Padre de la Vida. Concédenos, Señor, vivir sembrándonos.

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