La capilla de Señora Santa Ana, antaño ermita del mismo nombre, a lo largo de su ya dilatada Historia ha tenido varios retablos mayores. Del actual, que data de finales del siglo XVII y principios de la siguiente centuria, ya hablamos en esta sección hace años (concretamente en octubre de 2016 y de 2019). Y en esta ocasión centraremos nuestra atención en el retablo que le precedió y del que sólo conservamos sus dos puertas, verdaderas joyas artísticas de gran importancia para nuestra Historia y que apenas se conocen.
A finales del siglo XV y principios de la siguiente centuria, la ermita de la Patrona debió tener un sencillo retablo del que sólo sabemos que tenía hasta cuatro frontales, esto es, paramentos de seda o de metal con que se adornaban la parte delantera de la mesa de altar. Así, según un inventario de 1498, esos frontales eran uno de viejo sin pintar, otro de terciopelo colorado con barras de seda negra, otro alcachofado de lienzo y el que sería más interesante, desde el punto de vista artístico, que representaba la historia de San Juan Bautista. Era el único elemento que conocemos del referido retablo.
Ese primer retablo sería sustituido por otro de líneas y estilo renacentistas, realizado en el último tercio del siglo XVI, muy probablemente en la década de 1590, coincidiendo con una etapa de bonanza económica de la hermandad de Señora Santa Ana. Aprovechando los buenos tiempos, la cofradía decidió adquirir nuevos enseres, como el encargo de ejecución de un cuadro sobre la Pasión de Cristo al pintor coriano Diego Sánchez, por el que se pagarían diez ducados.
Este nuevo retablo correspondía a la tipología de retablo tríptico que, según el prestigioso historiador del Arte Jesús M. Palomero Páramo, deriva del período medieval. Un tipo de retablo que fue popular en el Quinientos y del que apenas contamos con ejemplos, destacando el actual retablo mayor de la catedral de Valencia (siglo XVI) y algunos destinados a albergar reliquias.
El de la capilla de Santa Ana constaría de una caja central (sobre el sotobanco y banco) donde estaría representado un árbol de Jesé, representación de la genealogía humana y divina de Cristo, basada en la profecía de Isaías 11:1, “Y saldrá un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz se elevará una flor. Y reposará sobre él el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor”. En tal representación aparece en la parte inferior la figura reclinada de Jesé, padre del rey David, de cuyo cuerpo nace un árbol. En su tronco y ramas aparecen antepasados de Cristo. En una hornacina central, completando la representación del árbol, estaría la talla triplex de Santa Ana, que sería anterior al retablo, al datarse a principios del siglo XIV.

La caja central del retablo tendría dos puertas laterales abatibles, abriéndose y cerrándose con una llave. Durante el horario de la misa o en los días más solemnes el retablo era abierto para que los fieles contemplaran la imagen de la Patrona. Son las que, por fortuna, se conservan en la actualidad. Primero estuvieron en la sacristía de la capilla y desde hace unos años están expuestas en los muros del templo, próximas a la puerta de acceso. Ambas puertas sólo están decoradas en su interior, como veremos más adelante.
Remataba el retablo un sencillo ático cuyo aspecto suponemos que es el que presentan las reconstrucciones que acompañan este artículo.
Volviendo a las puertas, en su parte interior aparecen, en una, en la parte superior, la imagen de San Pedro Apóstol, y abajo una representación del milagroso hallazgo de la talla de Santa Ana y sus reliquias por las dos hermanas; y en la otra, arriba, la imagen de San Pablo, y a sus pies, el pasaje de la leyenda donde un ángel se aparece en sueños a las dos hermanas indicándoles que viniesen a buscar la talla de la Santa.
Dejando un lado el valor artístico de las pinturas (que es elevado), las inferiores tienen además un gran valor antropológico e histórico, al ser la primera representación gráfica de la leyenda sobre el hallazgo de la Patrona y que explica además el origen de la población. Ambas pinturas tomarían como base el relato de la versión de la leyenda que a fines del XVI puso por escrito el licenciado Juan Ponce de León. Una versión que ya estaba presente en la Dos-Hermanas de principios de esa centuria. En la pintura del hallazgo aparecen representadas, además de las dos hermanas, como es lógico, la laguna que menciona el referido licenciado, y, al fondo, la ciudad de Sevilla con la Giralda como protagonista, con el remate renacentista de Hernán Ruiz II.
Se desconoce la autoría de las pinturas, aunque Hernández Díaz, Sancho Corbacho y Collantes de Terán, en su Catálogo Arqueológico y Artístico de la provincia de Sevilla (1951) lo atribuyen al círculo de Alonso Vázquez (1564-1603), pintor rondeño activo en Sevilla desde 1588 hasta 1603, en que marcha a México acompañando al III marqués de Montesclaros. Los rasgos manieristas de las figuras, los colores artificiales empleados y las marcadas anatomías de ambos apóstoles con sus enfáticas gesticulaciones recuerdan, y mucho, obras de Vázquez como la “Sagrada Cena” para el monasterio de la Cartuja de Sevilla, o las pinturas del retablo mayor del hospital de las Cinco Llagas de la capital hispalense. Por tanto, no sería descabellado atribuírsele ambas puertas o, al menos, a su círculo.
A finales del siglo XVII, coincidiendo con una nueva etapa de esplendor económico de la hermandad de Señora Santa Ana, se decidió encargar al maestro de retablos Juan Francisco de Valencia (c.1660-1738) y al escultor Agustín de Perea, un nuevo retablo más del gusto barroco de la época, que sustituyera al anterior renacentista. Por fortuna, se pudo conservar las dos puertas que quedan como “reliquias” de la Dos-Hermanas del Quinientos.




























