Capítulo importante y a destacar en el Antiguo Régimen era el del ceremonial que se desarrollaba tras la muerte de un monarca. Un ceremonial que alteraba la vida cotidiana de los súbditos y, al mismo tiempo, estaba encaminado a exaltar el poder de la Monarquía. Tras el fallecimiento del rey (o de la reina) se anunciaba la luctuosa noticia con trompetas y tambores en las poblaciones y las campanas de iglesias y catedrales, a lo largo y ancho de todos los reinos y señoríos, tañían en señal de duelo.
En los grandes templos se levantaban monumentos para honrar al monarca. Memorable fue el gran túmulo que se levantó en 1598 tras la muerte de Felipe II en la catedral de Sevilla, cuyo montaje duró cincuenta días. Sus autores fueron Juan de Oviedo y Andrés García de Udías, participando en su realización numerosos artistas sevillanos. Constaba de tres cuerpos más el remate, y contó con esculturas (como la que representaba a San Lorenzo) y pinturas alegóricas (la Liberalidad, la Paz, la Moderación o la Clemencia, entre otras).
Varios autores se hicieron eco de tamaño monumento, como Francisco Jerónimo Collado o el mismísimo Miguel de Cervantes, que dedicaría uno de sus poemas más recordados. Bajo el título “Al Túmulo del Rey Felipe II que se hizo en Sevilla”, Cervantes escribiría: “¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza / y que diera un doblón por describilla!; / porque ¿a quién no suspende y maravilla / esta máquina insigne, esta braveza? […]”.
La celebración de las exequias reales y su coste dependían, claro está, de la economía de los concejos (antecesores de los ayuntamientos) que, como representantes políticos del monarca, eran los encargados de organizarlas. Así, en Sevilla, centro económico de la Monarquía Hispánica, “Puerto y Puerta de las Indias”, “Roma triunfante en ánimo y riqueza”, se celebraban con grandioso lujo, como en el caso que hemos citado de 1598, mientras que en Dos-Hermanas, donde su concejo siempre anduvo corto en ingresos, las exequias reales fueron siempre modestas.
Aquí, tenía lugar una misa mayor. Eso sí, con gran solemnidad en honor al monarca en la iglesia parroquial de Santa María Magdalena. La falta de actas capitulares o de cualquier tipo de crónica nos impide saber cualquier detalle protocolario, pero es muy probable que en el presbiterio o crucero de la parroquia se colocara un sencillo catafalco o túmulo cubierto con un paño fúnebre acompañado por cuatro o más candelabros. Asistiría el concejo en pleno, con los alcaldes ordinarios (o corregidor si lo hubiese) a la cabeza, el clero parroquial y el resto de instituciones de la villa.
Las primeras exequias reales de las que se tienen constancia documental en Dos-Hermanas fueron las que se celebraron en 1611 tras la muerte de la reina doña Margarita de Austria. La esposa de Felipe III murió el 3 de octubre de 1611 en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial y pocos días después llegó la noticia a Dos-Hermanas. En el cabildo celebrado por los capitulares nazarenos el 14 de aquel mes “tratóse de cómo la Reina nuestra señora es muerta y pasada desta presente bida y que la ciudad de Sevilla mandó pregonar que generalmente todos se pusiesen lutos, como de pregón consta a que se refirieron, y ansí combiene quel cavildo de la dicha villa se ponga luto. Y ansímismo haga y mande hazer las honras de la yglesia con misa mayor, diácono y subdiácono y que en ella se diga sermón en una conformidad”.

Y a continuación, se trató el tema del sufragio de los gastos: “y para ese efeto porquel concejo de la dicha villa y propios dél no tienen de presente ningún dinero acordaron que se tome prestado a Juan Ruiz Sánchez a cuio cargo las rentas del bino y aceite desta dicha villa de lo procedido o que procediere de la dicha renta setecientos reales, los quales sirban para que los oficiales del dicho concejo hagan lutos por la Reyna nuestra señora”. Tenemos ahí lo que costarían las exequias: 700 reales, la cual era una cifra más que modesta.
Y casi diez años después, el 31 de marzo de 1621 moriría en el alcázar de Madrid, a los 42 años, el rey Felipe III, cuyo corto reinado estuvo marcado por la llamada “Pax Hispanica” e inicio de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), la expulsión de los moriscos (1611), los cambios de sede de la Corte, pero sobre todo, por la figura todopoderosa del duque de Lerma.
Muy pocos días después llegó la noticia a Dos-Hermanas, y en esta ocasión, al no conservarse las actas capitulares de 1621, desconocemos más detalles al respecto. Lo único que sabemos sobre los funerales del monarca lo encontramos en los protocolos notariales nazarenos. Así el 16 de abril de 1621, los alcaldes ordinarios de la villa Juan Vázquez Monje, Hernando Fernández, el alguacil Alonso Prieto, los regidores Bernabé Ponce, Andrés Hurtado, Diego Martín Santiago y Andrés Martín Cordero y el escribano del concejo Juan de Poza (que también era escribano público), otorgaron poder a Luis Sarmiento, mayordomo del concejo (es decir, quien llevaba las finanzas consistoriales), para que comprase en Sevilla, hasta 120 varas de bayeta “para los lutos que este concejo a de hazer y traer por la muerte del Rey don Felipe Tercero, nuestro Señor que sea en gloria”. La bayeta es una especie de tejido de lana muy flojo y afelpado por una parte o mejor, de dos varas de ancho (poco más de medio metro), que en España gozó de gran popularidad, convirtiéndose en la tela humilde por excelencia y en tejido de luto, como bien refiere la profesora Elena Varela Merino. Tanto los trajes de luto, las tapicerías y demás ornamentos funerarios eran confeccionados con bayeta. De ahí que los capitulares nazarenos decidieran comprar ese tejido “para los lutos”.
Las siguientes exequias reales que hemos podido documentar, las de la reina Isabel de Francia, primera esposa de Felipe IV, generaron polémica en Dos-Hermanas y fueron tratadas en esta misma página en diciembre de 2019 (bajo el título “A la muerte de una reina”). Y de las que tuvieron lugar en la segunda mitad del siglo XVII, sobre todo las de los monarcas Felipe IV y su hijo y sucesor Carlos II, no nos han llegado testimonio alguno debido nuevamente a las lagunas documentales del archivo municipal.




























