Los 75 años de Amargura en imágenes

La hermandad presenta el logo y el cartel que han realizado José María Gordillo Molina y Juan Miguel Martín Mena, respectivamente.

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La Hermandad de la Amargura ha querido poner imagen a sus 75 años con la presentación del logotipo y el cartel anunciador de esta efemérides. Dos obras que han sido realizadas por dos nazarenos y que fueron presentadas este viernes en la capilla de la hermandad tras la celebración de la Eucaristía de bendición y presentación del nuevo camarín de los titulares de la corporación del Viernes Santo.

Homenaje a los fundadores en el logotipo

José María Gordillo Molina ha sido el creador del logotipo conmemorativo del 75º Aniversario y su propósito ha sido recordar la historia, la identidad y el legado de la corporación a lo largo de tres cuartos de siglo. A su vez, es un homenaje a la memoria de los fundadores y a todas las generaciones de hermanos que han mantenido viva la fe y el compromiso cristiano durante estos setenta y cinco años

Como elementos principales, destaca el número 75, «situado como elemento central, simboliza el recorrido de la hermandad desde su fundación en 1952, manteniendo sus valores originales»; la palaba Amargura «aparece en el centro visual con una caligrafía distinguida, resaltando la devoción mariana que es la razón de ser de la hermandad»; y la corona de espinas que rodea el conjunto como símbolo de la espiritualidad que ha guiado a la corporación desde sus inicios.

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El logotipo conmemorativo también rinde homenaje a figuras claves de la fundación de la corporación, como la boina de José Ruiz Mantero, párroco fundador o el perfil lineal de José Caro Arias, uno de los artífices de la corporación. Además de la simbología del color, con el azul que representa la fe, la esperanza y la protección de la Virgen, mientras que el oro simboliza la historia y la relevancia de la efeméride.

Retrato de sus hermanos en el cartel

Juan Miguel Martín Mena, con su cartel conmemorativo de los 75 años de la Hermandad de la Amargura, no busca plasmar una simple heráldica o una estampa devocional más; es un reflejo del alma de quien la mira. En palabras de su autor, «la obra nace para retratar a sus hermanos: a los que cimentaron la historia, a los que hoy sostienen la cofradía y a las generaciones futuras que harán que este efeméride sea solo un peldaño hacia el centenario y el bicentenario».

El cartel, realizado en técnica mixta (collage, transfer, acuarela, acrílico, grafito y bolígrafo) sobre papel de algodón encolado a tabla, habla a través de los códigos íntimos de la cofradía, esos pequeños detalles que despiertan el orgullo de pertenencia en cada hermano: los claveles rojos, que desbordan el paso cada Viernes Santo; la rosa blanca, esa gota se sangre convertida en flor que brota de la mano de Cristo; la austeridad, evidenciada en el rosario de madera y en las violetas de Santa Ángela de la Cruz, la santa que lo entregó todo por amor a la Cruz.

Como toda hermandad es una obra en constante construcción que cada generación recibe y continúa, explicó Juan Miguel, «este cartel no está completamente terminado». El autor ha dejado zonas en blanco, abiertas, que respiran de manera intencionada. Son espacios que simbolizan que «aún queda mucho por escribir, por vivir y por soñar en el seno de la corporación».

«La memoria de la Amargura tiene forma de papel, de fotografías antiguas y de nombres y apellidos escritos a mano«, asegura Martín Mena. Por ello, el cartel se ha construido de la misma forma en que se forja una hermandad: «capa sobre capa, huella sobre huella, generación sobre generación» Bajo la superficie de la obra se esconden anécdotas, vivencias y los rostros de quienes pusieron los pilares de esta casa. «Nombres propios grabados a fuego en la historia local, como los de Caro Arias o Ruiz Mantero, entre tantos otros que, soñando despiertos, levantaron la hermandad que hoy disfrutamos», afirma.

El eje central y conceptual del cartel guarda un secreto matemático y devocional. Si se observa con detenimiento la corona del Señor, se descubrirá que está compuesta por exactamente 75 espinas, «una por cada año y por cada historia» porque los aniversarios de una hermandad «también se miden en los sacrificios, los esfuerzos y las fidelidades que a veces duelen en el alma».

Fiel a su maestría, Martín Mena ha utilizado el papel y el collage no solo como técnica, sino como metáfora. Cada fragmento de papel ha sido recortado a mano, uno a uno, buscando su encaje exacto con el siguiente, emulando la forma en que las vidas de los hermanos encajan a la perfección en el puzle de la hermandad.

En definitiva, este cartel nos recuerda que una hermandad no es un objeto de consumo ni una simple herencia: se recibe, se cuida y, finalmente, se entrega.

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