Tiempo de reencuentro

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(Lc 15, 1-10) COMENZAMOS un nuevo curso y nos volvemos a encontrar con los compañeros de estudio o de trabajo, con los compañeros de la parroquia; volvemos a la rutina de todos los días, una rutina que muchas veces es una bendición porque nos encamina por la senda del bien que hemos ido eligiendo, pero que otras veces nos cansa y nos agobia.

El evangelio con el que comenzamos el curso es el de la oveja perdida y el de la moneda perdida. Quizás nos inviten a recuperar, en nuestras rutinas de este año, aquello que hemos ido perdiendo u olvidando por la inercia de las prisas que nos paralizan: aquellos ratos de oración que hemos ido perdiendo, aquella ansia de conocer mejor a Jesucristo que poco a poco se ha ido diluyendo; pero sobre todo el afán, tan humano y tan cristiano, por acercarnos con misericordia a los que sufren, a los débiles, a los más pobres. En este comienzo de curso mira cómo introducir en tus rutinas la oración, la formación y el compromiso con los más pobres; si no lo hacemos así corremos el peligro de no dejarle tiempo a lo importante, porque lo urgente –no siempre necesario- lo ocupa todo.

Cuando Dios Padre, en la plenitud de los tiempos, quiso mostrar su misericordia con la humanidad nos envió a su propio Hijo, para que nos encontrara. La misericordia con los más débiles no se vive “a distancia”, sin cercanía, sin conocimiento, sin dejarnos tocar por el que sufre no hay solidaridad verdadera.

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Para poder encontrarte y acoger a tu hermano, deja que Dios te encuentre.

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