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Fe cristiana y crisis económica

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Una visión institucionalista de la Iglesia –y, por tanto, una visión poco católica—hace creer que los problemas sociales que afectan a la fe cristiana sólo son las uniones homosexuales, la asignatura de Educación para la ciudadanía y la ampliación inmoral de la ley del aborto. Sin embargo, todo lo que perjudique a la dignidad y a la vida de las personas y de las familias preocupa a la comunidad cristiana.

La falta de trabajo, que está afectando a millones de personas y de familias en nuestro país, es un problema social ante el que la Iglesia no puede permanecer en silencio. El paro, masivo y aterrador, que estamos viviendo es la mayor injusticia que se produce en nuestra sociedad. La falta de trabajo, que sufren los más débiles de nuestra sociedad, no es una catástrofe de la naturaleza, es responsabilidad de las personas con poder social, económico o político; y son ellos quienes tienen que reconocer que han errado y que han conducido a muchas familias a un abismo de precariedad, angustia y pobreza por su torpeza, por su avaricia y por absolutizar su propio interés.

La crisis internacional es financiera, y ha mostrado cómo el mercado –la avaricia hipostasiada y canonizada—no puede dejarse campar a impulsos del egoísmo sin peligro para la mayoría de la sociedad. Pero la crisis española es laboral y, en ésta, la responsabilidad de los agentes sociales, económicos y políticos de nuestro país no se puede soslayar.

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No puede decir un gobierno al que le “llueven” millones de parados que tiene una profunda sensibilidad social. Las ayudas asistenciales no salvan a una familia pobre; la salvación de cualquier familia está en el trabajo. Y cuando el trabajo falta una injusticia muy grave se les está infringiendo realmente.

En nuestro país, los mejores amigos de los banqueros han sido los políticos, y los mejores amigos de los políticos han sido los grandes constructores. Los tres han sido los grandes beneficiados en los años de bonanza económica. Unos han engordado el aparato de su partido y el clientelismo político de forma exponencial, y los otros veían cómo subían los porcentajes de subida de su cuenta de resultados año tras año. ¿Subían los pisos porque los bancos daban más crédito? ¿Daban los bancos más créditos porque subían los pisos? ¿Alentaban los políticos esta burbuja por los intereses que tienen con unos y otros? ¿Están aprovechando otros empresarios la crisis para despedir a trabajadores y que su cuenta de beneficios no se vea en absoluto perjudicada?

El despilfarro y el abuso de unos pocos han llevado a una parte muy importante de las familias de nuestros barrios a la angustia y a la precariedad. Esto es una injusticia flagrante que los cristianos no podemos dejar de denunciar. La propaganda mediática busca ocultar esta injusticia bajo paños calientes de medidas asistencialistas, bajo problemas políticos que son “tinta de calamar” y bajo la torsión injustificable de palabras como justicia social o solidaridad.

La fe cristiana nos invita, además, a vivir generosa y confiadamente estos momentos difíciles. Las familias que sufren el paro han de contar con el apoyo y la solidaridad económica de las que no lo sufren. Y la comunidad cristiana ha de ser catalizadora de ese apoyo y esa solidaridad.

La fe en Dios Padre nos da luz y fuerza para afrontar los problemas. Nos podrá faltar el trabajo remunerado, pero nunca el sentido de la vida; porque la vida de cada persona es necesaria para los demás; porque cada uno tenemos una misión en la vida que ningún otro puede hacer por nosotros. La fe en Jesús de Nazaret nos hace vivir todos los momentos de cruz desde su cercanía, desde su presencia. El Evangelio nos invita a vivir con confianza en el momento presente; ocupándonos de construir un futuro más justo, pero sin que esa preocupación nos paralice. Al contrario, nadie tiene más razones para combatir la injusticia del paro que la comunidad cristiana.

 

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