El XVII fue un siglo cargado de acontecimientos destacados y trascendentales para la Historia de Dos-Hermanas, y uno de ellos fue la compra de la jurisdicción de nuestra ciudad por parte de don Fernando Enríquez de Ribera (1583-1637), III duque de Alcalá de los Gazules (uno de los aristócratas más importantes de la Sevilla del Seiscientos), de la que en este 2026 se cumplen 395 años.
La Casa Ducal de Alcalá de los Gazules, en manos de la familia Enríquez de Ribera (rama menor del linaje de los Almirantes de Castilla y, por tanto, descendiente de los Trastámara), ostentaba además el marquesado de Tarifa, el condado de los Molares, la notaría mayor y el adelantamiento mayor del Andalucía, poseía la dignidad de Grande de España, y tenía su solar en la casa palacio de Pilatos, en la collación sevillana de San Esteban. Su vinculación con Dos-Hermanas venía de lejos. Desde finales del siglo XV los Enríquez poseían tierras en el pago de Quintos, entre ellas parte de la actual hacienda del mismo nombre, propiedades que a lo largo de la siguiente centuria fueron incrementándose en la zona norte del término municipal nazareno. Destacada fue la compra de la heredad (luego hacienda) de Villanueva del Pítamo, donde el II duque de Alcalá pasó largas temporadas junto a su familia (todas ellas documentadas) entre 1571 y 1590, relacionándose incluso con los grupos pudientes de nuestra entonces villa. Pero un poco antes, en 1564, su hermano y primer duque, Perafán de Ribera, inició los trámites para comprar a la Corona la jurisdicción de Dos-Hermanas (recordemos en este punto que esta localidad era realenga y, por tanto, sujeta a la autoridad del monarca). Sin embargo, aquellas gestiones no fraguaron y quedaron en aguas de borrajas.
La vinculación de la Casa Ducal con Dos-Hermanas continuó, al igual que el interés de aquella por hacerse con la jurisdicción. Sólo hubo de esperar la ocasión oportuna. Esta vino en los inicios de la década de 1630, en el contexto de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que provocó la búsqueda por parte de la Corona de urgentes ingresos para sostener los innumerables gastos del conflicto.
En la venta de jurisdicciones de poblaciones encontró la Monarquía una rápida fuente de ingresos, y todo a costa de ceder poder, en este caso local, a la aristocracia o a la burguesía con ansias de ennoblecerse. La cercanía de Dos-Hermanas a Sevilla, la riqueza de sus campos y la presencia del río Guadalquivir (arteria del comercio indiano) en su término municipal con los embarcaderos de Puerto de Parra, el Copero y el Rincón, animaron al III duque de Alcalá a desempolvar aquel intento de compra de su tío-abuelo, el primer duque, y el 9 de junio de 1630 otorgó poder ante Andrea Fassano, escribano de Nápoles, a favor de Bernardo de Ribera, uno de sus administradores y gobernadores de sus estados, para adquirir la jurisdicción de Dos-Hermanas. El duque don Fernando se encontraba desempeñando el cargo de virrey de Nápoles desde 1629, por lo que se encontraba ausente de Sevilla y no podía realizar las gestiones directamente.

Por escritura de concierto otorgada en Sevilla el 16 de junio de 1631, Bartolomé Espínola, caballero de Santiago y del Consejo de Hacienda y de la Contaduría Mayor, en nombre de la Corona, acordó con el referido Bernardo de Ribera (personaje, por cierto, de los más polémicos de la Sevilla de esos años) la venta de la villa de Dos-Hermanas, con su jurisdicción civil y militar, mero mixto imperio y todas sus rentas jurisdiccionales. El duque pagaría 18.130 maravedíes por vecino o 7.250 reales por legua de su término. Según documentos de la época, en 1631 Dos-Hermanas tenía 200 vecinos (lo que equivale a 700-800 habitantes) y media legua de término (o lo que es lo mismo, 15 kilómetros cuadrados), por lo que el duque pagaría 3.626.000 maravedíes. Bernardo de Ribera se comprometió a pagar 1.208.666 maravedíes en reales de plata y el resto en ciertos plazos.
La toma de posesión de la villa tuvo lugar el 25 de noviembre de 1631. Por parte de la Corona, se encontraban Gaspar de Mansilla, juez comisionado, Gaspar Ochoa, escribano receptor, y el alguacil Juan de Noriega. Por parte del duque, que si bien acababa de llegar a la península procedente de Nápoles, no se desplazó a Dos-Hermanas, vemos a su pariente el III marqués de la Algaba, don Pedro Andrés de Guzmán y Enríquez de Ribera.
A las doce de la mañana (hora del Ángelus) de ese 25 de noviembre, los representantes de la Corona y del duque, el escribano receptor y otros caballeros entraron en las casas consistoriales, donde se encontraban reunidos en pleno el concejo nazareno. En lugar destacado se situó el juez Mansilla, quien mandó leer la real cédula que ordenaba dar posesión de la villa al duque de Alcalá. Leído el documento, los capitulares lo obedecieron, entregaron las varas de sus oficios y reconocieron como dueño y señor de la villa al duque don Fernando. Acto seguido, el juez comisionado tomó de la mano al marqués de la Algaba, lo colocó en el lugar destacado y le entregó las varas. Sentado en ese lugar, el marqués con las varas en las manos aceptó la posesión de la villa en nombre del duque. Tras este breve acto, el juez y el marqués ordenaron desalojar el consistorio, cerrándolo y abriéndolo el representante del duque. Después, este último volvió a sentarse en el escaño destacado y fue llamando a los anteriores capitulares, para darles nuevamente posesión de sus cargos en nombre del nuevo dueño de la villa. Los miembros del concejo recibieron con respeto y acatamiento las varas de sus oficios, y tras este acto en las casas consistoriales se ordenó retirar las armas reales situadas tanto sobre las puertas principales de las casas del Concejo como en el interior del edificio, y sustituirlas por las del duque de Alcalá.
Seguidamente, se celebró Te-Deum en la iglesia de Santa María Magdalena, donde se encontraban el cura párroco (don Juan de Poza), beneficiado y demás clérigos presentes en la villa. El marqués de la Algaba estuvo en el presbiterio, sentado en una silla adornada con alfombras y cojín de terciopelo. Tras la misa, el marqués tomó posesión de la cárcel pública, las carnicerías y unas eras cercanas a la población. Todo ello se realizó sin contradicción de los vecinos del lugar, que no hicieron uso de su derecho a eximirse de la ciudad de Sevilla previo pago en dinero en efectivo, dada la falta de recursos que siempre tuvo el concejo nazareno.
Con todo eso se dio por concluida la vinculación de Dos-Hermanas con la ciudad de Sevilla, y, por ende, con la Corona. Se abría una nueva etapa política en la villa, bajo la influencia de una de las casas nobiliarias de Sevilla más importantes. Sin embargo, la revisión del precio de la venta por parte de la Contaduría, provocó que esa venta no tuviera efecto y en 1638, Dos-Hermanas volvió a ser realenga. Pero por muy poco tiempo, pues fue entonces cuando apareció la figura del capitán don Pedro de Pedrosa. Y ese es otro capítulo…





























