(Marcos 7, 31-37) Algunos de los rituales en las celebraciones de la Iglesia se simplificaron en los últimos tiempos porque su gestualidad resultaba poco comprensible para las personas de hoy. Uno de ellos fue el rito del ‘effetá’ que se realizaba en el bautismo. En el rito del bautismo que celebramos hoy hay muchos símbolos ricos y expresivos, pero antes había uno muy curioso: el sacerdote soplaba en los oídos de la persona que bautizaba, normalmente un niño, y decía esa palabra ‘effetá’ (que significa ábrete). Era el recuerdo de un gesto de curación que el propio Cristo realizó con una persona sordomuda, para devolverle la capacidad de oír; a la que también tocó la lengua con su propia saliva, para que pudiera hablar.
A nuestra mentalidad secular y racionalista le resultan ajenos estos símbolos tan corporales y contundentes, pero seguimos necesitando, como siempre, que el Espíritu nos abra el oído para escuchar de verdad a Dios Padre y a nuestros hermanos, para saber encauzar nuestra vida con un amor lúcido y entregado.
Estamos sordos y mudos ante el drama de la emigración de tantas personas buscando salir del infierno de la guerra. Estamos sordos y mudos por una cultura de la superficialidad que nos hace adolescentes perennes que tienen miedo al compromiso. Estamos acobardados por nuestra propia debilidad y egoísmo. Necesitamos que venga un soplo del propio Espíritu de Jesucristo que nos haga cambiar de perspectiva en la vida.
Nuestra convicción creyente es fuente de esperanza: “El Señor abre los ojos al ciego, endereza a los que se doblan, sustenta al huérfano y a la viuda. El Señor reina eternamente” (Salmo 145). Qué falta nos hace a todos un vendaval de tu bondad, Padre.



























