Hay historias que no se escriben solo con palabras, sino con la paciencia infinita de cada puntada, el brillo sutil del hilo de oro y el calor de una fe compartida. Hace justo 25 años, en el seno de la Hermandad del Gran Poder, nació el Taller de Bordados María Santísima del Mayor Dolor y Traspaso, que fue rebautizado con los años como Taller Antonio Fernández Pérez.
Aquella hermosa semilla fue impulsada por el entonces diputado de Formación, Juan María Ramírez, quien recuerda que “fue una época dorada y rica en lo concerniente a la formación y no se buscaba solo cultivar el alma y el espíritu, sino abarcar todas las dimensiones de la persona a través de la vida de hermandad”.
Aunque a la primera cita acudieron 22 personas, el grupo pronto encontró su ritmo natural, consolidándose en una plantilla estable de entre 12 y 15 componentes. Aquellos primeros tiempos, apunta el coordinador del taller, “estuvieron marcados por una alegría desbordante y una entrañable fraternidad”.

Balance excelente
El balance de estas dos décadas y media no puede ser más excelente. Más allá de las piezas terminadas, el mayor logro ha sido la creación y mantenimiento de una comunidad unida que ha entregado lo mejor de sí a la cofradía
El catálogo de su entrega comenzó con un humilde y devoto paño repostero para vestir la imagen del Niño Jesús en las fiestas de Navidad y Epifanía. Con los años, sus manos han dado forma a un patrimonio insustituible: sayas y mantos de camarín, faldones para las parihuelas, el estandarte de la hermandad, ropones para los pertigueros, trajes para el Niño Jesús, colgaduras, escudos y una túnica bordada para el Señor. Su labor ha rebasado incluso las paredes de la casa del Gran Poder para vestir de fe a otras corporaciones y a la propia parroquia, realizando cotillas, cintas de medallas y la restauración de vestimentas litúrgicas.
Sin embargo, desde hace algunos años, todo el afán del taller converge en un mismo sueño: la elaboración del nuevo manto procesional votivo para la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso.

Compromiso con el taller
El día a día del taller refleja un compromiso inquebrantable. Lo que empezó como una cita semanal se convirtió, hace más de 15 años, en una rutina de cuatro días a la semana con jornadas de más de tres horas y media.
Su refugio es la sala de exposiciones de la hermandad, espacio compartido con la Priostía. Allí, no hay inclemencia del tiempo que frene a las hermanas: ya caiga un sol abrasador o una intensa lluvia, llegan puntuales, algunas incluso superando el esfuerzo de la distancia apoyadas en su andador. Teniendo en cuenta, apunta su impulsor, que “la media de edad ronda los ochenta y tantos años”.
Desde el taller de bordado se quiere hacer pública una invitación a todas aquellas personas que deseen formar parte de este hermoso espacio a partir del próximo curso.




























