Escribía el malogrado poeta sevillano Alejandro Collantes de Terán en 1930: “Por la plaza de los Paraísos, la más bonita de Dos-Hermanas, su Hacienda de La Mina Grande, y deteniendo la contemplación de los miradores que increpan a Sevilla, y de las torres de los molinos”… La magnificencia y, a su vez, sencillez de esta hacienda situada en el corazón de nuestra ciudad llamó la atención de propios y extraños durante generaciones. Molino, huerta, almacén, casa de vecinos e incluso cine. Muchas fueron las funciones de este edificio a lo largo de su extensa existencia, antes de morir víctima de la implacable piqueta en la década de 1980. Pero hoy en día sigue en el recuerdo de los nazarenos, y en las próximas entregas intentaremos recopilar la rica historia de una de las más emblemáticas haciendas situadas dentro del núcleo de población.
Pero antes de adentrarnos en la evolución histórica del inmueble, habría que preguntarse sobre el porqué de su peculiar nombre: la Mina Grande. ¿A qué se debe? La razón no está en la existencia de una mina (entiéndase como un paso subterráneo, abierto artificialmente, para alumbrar o conducir aguas) en ese lugar. Procede del título de uno de sus principales dueños: el marqués de la Mina. Eso explicaría una parte de su denominación. Si existe la Mina Grande es porque, obviamente, existía una Mina Chica. Y efectivamente, así era. El marqués poseía en Dos-Hermanas otra hacienda que llevaba el mismo nombre (ubicada entre la capilla de Señora Santa Ana y la actual calle de Nuestra Señora del Carmen, donde hoy se levantan los pisos del Llano), por lo que se empleaban esos adjetivos para poder diferenciar las fincas.
Pues bien, los orígenes de la hacienda de la Mina Grande se sitúan en el siglo XVI, y están muy vinculados a una destacada familia sevillana que ostentó, desde 1475, la escribanía mayor de Rentas del Arzobispado de Sevilla y Obispado de Cádiz: la de los Díaz de Toledo, descendiente de Hernán Díaz de Toledo, famoso relator y secretario de Juan II de Castilla, autor de la obra “Las notas del relator”. En 1518, el nieto del citado secretario, Hernando Díaz de Toledo, fundó un mayorazgo a favor de su hijo Luis Díaz de Toledo, y entre los bienes vinculados a aquel mayorazgo estaba una heredad en Dos-Hermanas que adquirió en ese año a los frailes del monasterio de San Jerónimo de Buenavista. A partir de esa fecha, tanto Luis Díaz de Toledo como sus hijos Hernando Díaz de Ayala y Diego López Dávalos, comenzaron a adquirir bienes en Dos-Hermanas y su término. Y así, para mediados del XVI, Hernando Díaz de Ayala era dueño de numerosas fincas, entre ellas una huerta situada donde hoy se alza la manzana de pisos entre las calles del Canónigo y La Mina (de oeste a este), y entre San Francisco y plaza del Emigrante (de norte a sur). Esta extensa huerta, que poseía casas y lo propio de este tipo de inmueble (alberca, noria, árboles frutales…), lindaba con otra destacada huerta nazarena, la perteneciente a la familia Grimaldo.

A lo largo del XVI y durante el primer tercio de la siguiente centuria, esta huerta y el resto de fincas que formaban el vínculo que fundaría el referido Hernando Díaz de Ayala, estuvo en manos de sus descendientes directos: su hija Leonor Díaz de Ayala (de 1567 a 1597) y sus nietas (hijas de Leonor) Margarita de Peralta y Juana Ortiz Melgarejo. A la muerte de esta última en 1636, sin descendencia, todo su patrimonio (los bienes de los vínculos fundados por su abuelo Hernando Díaz de Toledo y el hermano de éste, Diego López Dávalos) pasó a su pariente Juan de Guzmán Dávalos (nieto de una hermana de Díaz de Ayala). Este personaje será, entonces, el nuevo dueño de esta hacienda que por esas fechas no tenía más nombre que la de sus propietarios. A su fallecimiento, fue heredada por su hijo primogénito del mismo nombre, pero tras su muerte la huerta pasó a manos de su medio hermano Pedro José de Guzmán Dávalos, desde 1681 marqués de la Mina por merced del rey Carlos II. Se abre así una nueva etapa para esta finca, que a partir de ese momento comenzará a llevar el nombre del marquesado. Y es también entonces, últimos años del siglo XVII y primeros del XVIII, cuando se produce la transformación radical de la finca: de huerta pasa a ser hacienda de olivar. Se construye su torre de molino y el edificio principal que daba a la actual plaza de la Mina y a la calle del mismo nombre. A esa hacienda se van a vincular veintidós suertes de olivar (entre otros, en los pagos de Los Lobillos, Santarén, la Ruana, los Arenales, Arenalejo Grande, Carraholilla, Miraflores y Valdesantana). Suertes que surtían a la hacienda las aceitunas necesarias para producir el preciado aceite. También pertenecían a la hacienda cuatro suertes de pinar que llevaban los nombres de “Perarela”, “Membrillar”, “La Rabona” y “Algarrobo”.
En el Catastro de Ensenada (1751) se menciona a la hacienda de la Mina Grande. En ese momento se componía de viviendas altas y bajas, con 79 varas de frente y 78 de fondo. Poseía un molino de moler aceituna, un almacén de sol para aceite y un granero.
Es en este siglo XVIII cuando la hacienda de la Mina Grande llega a su momento de máximo esplendor. Sin embargo, y a diferencia de otras haciendas nazarenas, apenas se documentan estancias de los marqueses de la Mina en esta finca. Quien sí residía aquí de manera permanente era su capataz, que frecuentemente recibía la visita del administrador del marqués, encargado de inspeccionar las propiedades.
La siguiente centuria será capital para esta hacienda. Pero lo dejamos para la próxima entrega.





























