La Historia de nuestra ciudad está plagada de personajes curiosos, la mayoría de los cuales ha quedado en el más completo de los ostracismos. En esta ocasión nos vamos a centrar en la vida del que fue el único francés que, al parecer, residía en Dos-Hermanas cuando estalló la Guerra de la Independencia allá por el año 1808.
Jean de la Croix (castellanizado en Juan de la Cruz) nació en la pequeña localidad francesa de Urtaca, situada en la zona norte de la isla de Córcega, en los inicios del último tercio del siglo XVIII. Curiosamente, en la partida de bautismo de su hijo, aquella población aparece apuntada como “Urraca”, nombre que más sonaba al escribiente que extendió la partida.
Llegó a España a principios de 1791, muy posiblemente huyendo de los estragos de la Revolución francesa. En ese año renunció a su nacionalidad, castellanizó su nombre y juró fidelidad al rey de España. En nuestro país contrajo matrimonio con María Josefa Binel, natural de la localidad gaditana de San Roque, estableciéndose muy poco después en nuestra villa, donde nació su único hijo, Juan de las Nieves, en 1792.
Una vez establecido en Dos-Hermanas, pronto empezaría a regentar una posada, situada en los inicios de la calle Real, en el tramo correspondiente a la actual avenida de Sevilla, haciendo esquina con la calle Alcoba. Su posada, una de las pocas existentes en la villa, era muy concurrida por toda clase de viajeros, especialmente por arrieros y carreteros de otras poblaciones. También por soldados que transitaban por el camino de Sevilla a los Puertos, que atravesaba Dos-Hermanas. Así, en octubre de 1806, Juan de la Cruz dio poder cumplido a Leandro Gutiérrez, vecino de Sevilla, para que en su nombre pudiera cobrar de las Reales Tesorerías “el importe de los alojamientos que he sufrido en dichas mis casas pozadas de las tropas estantes y transeúntes en esta dicha villa”. Y el 21 de marzo de 1809, Juan de la Cruz, Cristóbal de Cózar y Francisco García Repulido, dueños de posadas, dieron poder cumplido a Juan Arroyo, vecino de Sevilla, para que en sus nombres pudiera cobrar de las Tesorerías Reales “el ymporte de los alojamientos de las tropas estantes y transeúntes que por los señores justicias de esta dicha villa se han dirigido y alojado en nuestras respectivas posadas”.
Su negocio prosperó de tal manera que el 15 de febrero de 1793 tomó en arrendamiento la venta de la Chaparra, situada en el término de Alcalá de Guadaíra, propiedad de don Francisco del Campo, vecino de Sevilla, por dos años y 135 reales al mes, para vender vino, vinagre, aguardiente “y otros licores y gustar de comer y de vender tabaco”. Pero en noviembre de ese año, la subarrendó a Jerónimo Cotán, “conocido por Santana, mi compadre, vezino de esta dicha villa, por los muchos quehaceres y no poder yo asistir en la dicha venta y tener yo otra posada de esta villa”.
Pocos años más tarde, en 1803 Juan de la Cruz compró a Juan Ruiz, vecino de Sevilla en San Bernardo, la huerta del Arenal de la calle Alcoba, ubicada donde hoy se alza el Colegio de “Nuestra Señora de la Compasión”. Se trataba de una huerta de cielo y suelo, con árboles frutales de todas clases, noria, alberca y casa cubierta de teja, y poseía un tributo de cincuenta y cinco reales anuales a favor de la capellanía fundada por don Pedro de Pozas en la iglesia de Santa María Magdalena. También la subarrendaría, en este caso a José Gómez entre 1804 y 1807.

Cuando todo iba prosperando estalló en 1808 la Guerra de la Independencia, que afectó de lleno a nuestro biografiado. Desde el inicio del conflicto, existía un sentimiento de recelo y desconfianza hacia los franceses que vivían en suelo español. Daba lo mismo que residiesen aquí desde hacía años, o que hubiesen renunciado a su nacionalidad. En todos los casos eran vistos como “traidores en potencia”, y, por tanto, debían ser controlados. Esto explica las dos reales órdenes despachadas por la Junta Suprema Central el 7 y 14 de enero de 1809. La primera de ellas ordenaba a las Justicias de las poblaciones poner en custodia en conventos, monasterios u otros lugares habilitados a los franceses que estuviesen establecidos en la provincia, dando parte de haberlo ejecutado, mientras que la segunda mandaba secuestrar todos los bienes de los referidos franceses.
Tales órdenes fueron recibidas “por vereda” en Dos-Hermanas el 26 de febrero. Los dos alcaldes manifestaron que las aceptaban y obedecían, y acto seguido emitieron auto en el que se afirmaba que en esta villa no había “más que una persona de la Nación franzesa nombrada Juan de la Cruz, huésped de sus casas posada al sitio de la calle Real”. Seguidamente, mandaron custodiarlo en la cárcel pública y secuestrar todos sus bienes, haciendo inventario de ellos, y poniéndolos en depósito en manos de Miguel Rubio Escudero “por no tener completa seguridad de María Binel, muger del citado francés, a causa de adolezer ésta de embriagués, que es la única familia que se le conoce al susodicho con un hijo joven”.
Ese mismo día 26 de febrero, los dos alcaldes y el escribano del cabildo se personaron en la casa-posada de Juan de la Cruz, y lo condujeron hasta la cárcel pública después de haberle leído las dos órdenes de la Junta Central. En la cárcel, quedó el francés bajo custodia del alcaide Juan de Prados “a quien le fue invitado de orden de sus mercedes (se refiere a los alcaldes) le tratase con la mayor prudencia y regularidad, cuia dilixencia se executó con sosiego, sin haver havido alboroto ni inquietud alguna en el vecindario”. Es tremendamente llamativa la calma mostrada tanto por las autoridades, pero sobre todo por el propio Juan de la Cruz, que según parece no se opuso a la detención. Parece que todos estaban conformes de pasar este trámite que era lógico y normal.
En cualquier caso, sin pérdida de tiempo se procedió al secuestro e inventario de los bienes de Juan de la Cruz, que fueron puestos en depósito, como dijimos, en manos de Miguel Rubio Escudero. Pasaron los días y Juan de la Cruz seguía en la cárcel. Por fin, las justicias de la villa averiguaron que el detenido había renunciado a su nacionalidad francesa y jurado fidelidad al rey de España en 1791, con lo cual estaba fuera de toda sospecha. La averiguación fue comunicada a la Junta Suprema sevillana. Y el 20 de marzo, José María Morales Gallego, representante de esa Junta, mandó a través de una carta que se “disponga la traslación de este interesado a sus casas, estando a la mira de su conducta y dando cuenta de qualquier novedad que ocurra”. Ese mismo día fue Juan de la Cruz fue puesto en libertad y marchó a su casa posada, devolviéndosele todos sus bienes.
Sin embargo, su situación económica empeoró y antes de finalizar la Guerra de la Independencia, falleció nuestro biografiado. Su viuda, María Josefa Binel, con el fin de tener dinero con el que subsistir, en enero de 1814 vendió la huerta a Teresa Díaz, viuda de Juan de Rivas, por 3.100 reales. También se deshizo de la casa posada, desapareciendo para siempre la huella de Juan de la Cruz.




























