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Un sonoro aburrimiento

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Película Silencio de Martin ScorseseSILENCIO

Hay directores que pueden hacer lo que les dé la gana. Son los grandes, los que tienen una trayectoria a sus espaldas más que demostrada y contrastada de años y años haciendo buen cine. Nombres como Spielberg, Coppola, Eastwood, Scorsese… Ellos tienen carta blanca. Pueden presentar una idea, la que sea, y no faltarán productores que quieran poner su dinero para llevar adelante el proyecto. Y si faltan estos, ellos mismos pondrán su dinero para hacer la película. Y después no faltarán críticos que pongan dicho proyecto en un pedestal, que hablen de ‘obra maestra indiscutible’ simplemente por venir de quien viene.

{xtypo_rounded4}Estados Unidos-México-Taiwan, 2016 (161′)
Título original: Silence.
Dirección: Martin Scorsese.
Producción: Vittorio Cecchi Gori, Barbara de Fina, Randall Emmett, David Lee, Gastón Pavlovich, Martin Scorsese, Emma Tillinger Koskoff, Irwin Winkler.
Guión: Jay Cocks, Martin Scorsese, basado en la novela de Shûsaku Endô.
Fotografía: Rodrigo Prieto.
Música: Kathryn Kluge, Kim Allen Kluge.
Montaje: Thelma Schoonmaker.
Intérpretes: Andrew Garfield (Rodrigues), Adam Driver (Garrpe), Liam Neeson (Ferreira), Tadanobu Asano (Intérprete), Ciarán Hinds (Padre Valignano), Issei Ogata (Inoue), Shin’ya Tsukamoto (Mokichi), Yoshi Oida (Ichizo), Yôsuke Kubozuka (Kichijiro), Kaoru Endô (Uneme).{/xtypo_rounded4}

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Pero no, las cosas como son. No todo lo que hacen los grandes es bueno. Spielberg patinó con Amistad; Coppola, con Tetro; y Scorsese lo hace con esta Silencio, insufrible y soporífera muestra de cine religioso, que dura casi tres horas y en las que apenas pasa nada.

La cinta, que, por cierto, además de ser la adaptación de un libro es un remake de una película japonesa de 1971, narra la historia de dos frailes jesuitas portugueses que, en la segunda mitad del siglo XVII, viajan a Japón en la búsqueda de otro de los suyos, el padre Ferreira, del que hace tiempo que no tienen noticias y del que dicen que ha apostatado y vive como un japonés más.

Hay momentos de dolor intenso. Físico, por las torturas físicas que los japoneses de aquella época ejercían sobre los religiosos que pretendían evangelizar aquellas tierras ‘salvajes’; y dolor también moral, ante la duda de la existencia de dios, de estar haciendo o pensando lo correcto. Pero Scorsese comete el error (doble) de tomar partido en el asunto, incluso de ‘contestar’ al religioso que se pregunta demostrándole que se equivoca, y sobre todo por prestar más atención al envoltorio (una fotografía en muchos momentos espectacular) que al contenido: una narración que se alarga innecesariamente hasta casi las tres horas en las que se cuenta muy poco, con un ritmo moroso que invita a la cabezada (cuando no a dormirse directamente) y en la que se vuelve una y otra vez (y otra) a lo mismo. Reiterativa, aburrida, morosa… tanto que anula del todo el interés que la historia podría tener.

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