Trabajando como perito ha conocido exóticos países, pero se ha cansado de la vida en la sabana y vuelve a casa con su familia
Si hubiera que buscar al nazareno del siglo XX con más kilómetros en el cuerpo, sin duda ese sería José Soult Galindo. A los 45 años ha decidido que ya es hora de guardar las maletas y disfrutar de su familia. Regresa al pueblo que le vio nacer para no irse más. Su alma inquieta y su afán de prosperidad le han llevado, en los últimos veinte años, a trabajar en varios países de Europa y sobre todo África, donde ha vivido los últimos ocho años y ha ahorrado lo suficiente como para montar un negocio en Dos Hermanas. Ha comprado una casa de 400 metros en la Plazoleta (donde estaba la central telefónica) y está pensando en abrir una tienda de electricidad en la calle El Ejido. Eso, de momento.
Su padre, Juan Soult (encargado de la fábrica de la luz) era nativo de Gaucín (Málaga), donde dicen que el apellido viene directo de un sobrino del mariscal Soult, mano derecha de Napoleón. Y será casualidad, pero la época de la España dominada por los franceses era lo que más le gustaba a José cuando estudiaba historia en el Ave María, con Gerardo Cano.
Nacido en 1929, José es el tercero de ocho hermanos. Desde bien pequeño mostró grandes inquietudes. Le encantaba leer. Con 13 años ya iba y venía a Sevilla en bicicleta para trabajar de aprendiz de mecánica. En 1948 reunía en su casa, los martes y jueves, a sus amigos para celebrar tertulias literarias, uniendo cables y antenas a escondidas y escuchar, de forma ilegal, Radio Pirenaica, la emisora del Partido Comunista.
Ganas de ver mundo
Tras licenciarse como perito industrial eléctrico y gozar de varios empleos en Sevilla, decide lanzarse a ver mundo. Escribe cartas, envía currículos. En otoño de 1954 se marcha a Alemania. Trabaja en una fábrica de transformadores en Bamberg y, más tarde, en Nuremberg. Aprende alemán sobre la marcha. Vuelve a Dos Hermanas una temporada y vuelve a partir. Su siguiente destino es Suiza. Está tan enfrascado en aprender y ofrecer algo mejor a su familia que su novia, María Rodríguez Varela (Mariquita ‘La Lipende’ ) tiene que irse a Zurich para casarse con él en 1957. La intención de José era nacionalizarse, quedarse allí a vivir, pero algo en Suiza le desagrada: detecta cierto desprecio de los centroeuropeos hacia los españoles e italianos que iban allí a trabajar. Holanda, Austria y Noruega son otros países en los que pasa breves temporadas. Regresa a casa y durante unos años se emplea para Sevillana, Abengoa e incluso se traslada a Canadá y a Poole (Inglaterra) en 1966 para trabajar en una factoría de bombas hidráulicas. Pero ya había tomado una decisión: el dinero había que buscarlo en África, un continente en expansión. ¡Allí sí hacían falta peritos! Un barco le llevó de Cádiz a Durban (Sudáfrica) en 1967.
Aguacates como melones
Su pasaporte está lleno de sellos de países africanos. Etiopía, Malawi… pero sobre todo Sudáfrica y Zambia. En su capital, Lusaka, se estableció con la empresa Zesca (Zambia Electricity Supply Corporation), que construía presas e infraestructuras eléctricas y que le proporcionaba casa amueblada con jardín. En él sembraba tomates y criaba gallinas. “Allí he visto las mejores frutas de mi vida. ¡Había aguacates como melones!”, exclama entusiasmado José, que en su tiempo libre, a pesar de no ser amante de la caza, solía acompañar a españoles en safaris por la sabana. Ganaba mucho dinero, que enviaba regularmente a su esposa.
El talento de una mujer fiel
“Tuve el talento de encontrar una mujer fiel”, nos confiesa Soult. ¡Y que lo diga! Sobre todo, paciente. María, arropada por su familia en Dos Hermanas, ha soportado estos años las idas y venidas de su marido por medio mundo. En 1962 tuvieron su primera hija, Paquita, y con la pequeña se fue María a Zambia una temporada. Regresó a Dos Hermanas para dar a luz, en 1969, a Pepito, su segundo hijo, al que José ha conocido ahora, cinco años después de nacer.
Enfrentamientos bélicos en Zambia llevan a José a Natal (Sudáfrica), donde vive otra temporada; en 1970 torna a casa (“estaba asqueado de estar solo”, dice) y en enero de 1971 regresa a Ciudad del Cabo para vivir sus últimos días africanos. Básicamente, para liquidar cuentas y enviar en barco, rumbo a Dos Hermanas, cajas de regalos, fotos y objetos curiosos de sus exóticas excursiones.
Ahora sus viajes son historia, pero no sus proyectos. Su cabeza bulle de ideas, y tiene todavía… media vida por delante.





























