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(Mt 28, 16-20) Algunas veces el misterio del mal muerde nuestra conciencia de creyentes y preguntamos por qué tanto mal, por qué tanto odio y tanta destrucción. Dios no creó este mundo, ni para dejarnos en la esclavitud del pecado, ni para quitarnos la libertad que nos permite abrazar su amor. Un mundo sin la libertad humana sería un mundo perfecto, de inteligencias artificiales sincronizadas y ajustadas. Un mundo sin la riqueza del reto de la imperfección sería un “mundo feliz”, pero un mundo sin libertad ni amor.

Cuando Jesús asciende a los cielos dice a sus discípulos: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.» Pero es un poder que no anula nuestra libertad, sino que nos llama a acoger sus enseñanzas y su presencia: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos.» Jesús solo quiere que su voluntad reine en el mundo desde la conversión de sus discípulos, de nosotros.

Jesús asciende a los cielos haciéndonos saber que estará con nosotros «todos los días, hasta el final de los tiempos». Una presencia que alienta y conforta, que impulsa y protege, que da la valentía, la «parreseia», que necesitamos para continuar su misma misión. Como el Padre lo envió a Él, Él nos envía a nosotros. La «revolución de Jesús» es la revolución del discipulado, de quienes acogiendo su palabra y su resurrección viven y alientan un mundo nuevo. Solo en la paciencia y la humildad de Dios puede crecer nuestro amor.

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