Los aplausos demuestran que el texto de Arniches sigue siendo del agrado del público
La Señorita de Trevélez podría haber quedado en el olvido como otras muchas obras de teatro de principios de siglo que permanecen arrinconadas en los archivos. Cabe preguntarse por qué sigue siendo del agrado del público un texto de 1916, si la sociedad no ha cambiado tanto y si la reflexión que Carlos Arniches quiso hacer en La Señorita de Trevélez se puede trasladar a nuestros días.
Si bien hoy el fin último de las mujeres no es llegar al matrimonio, la burla contra la mujer soltera que se hace mayor sin llegar a casarse, la solterona, sigue presente en los ambientes más populares, indicando lo poco que algunos sectores de la socidad han avanzado en casi cien años. Por otra parte, al margen del estado civil de la protagonista, los enredos con trasfondo romántico siempre han dado mucho juego y gozan del favor continuo del público generación tras generación. No se descubre nada nuevo en las telenovelas y comedias al uso tipo Betty la fea, herederas televisivas con mayor o menor acierto de la tragicomedia teatral que se remonta a los cánones más clásicos.
Arniches definió La Señorita de Trevélez como una farsa cómica más que como una tragedia grotesca. La crítica de la época reconoció el paso adelante que supuso este texto, un cambio para un autor conocido por su dedicación al género chico. El costumbrismo de La señorita de Trevélez no es tan marcado como pueda parecer desde una perspectiva actual, teniendo en cuenta que Arniches provenía del sainete y la zarzuela.
Los recursos cómicos que supo manejar a lo largo de su trayectoria quedan presentes en la obra, pero a medida que va avanzando el humor va dejando paso a la crítica que permanecía escondida. Arniches apela al sentido común para denunciar la crueldad de la broma sufrida por Flora de Trevélez y la ociosidad de unos jóvenes que no se preocupan más que de divertirse.
Habría que preguntarse si esta crítica queda soslayada por el humor ante un público que acude en masa al teatro sólo cuando busca el entretenimiento puro.
La puesta en escena
El montaje que Tomás Gayo ha traído a Dos Hermanas demuestra la profesionalidad y los años sobre las tablas de todo el equipo artístico y técnico. El texto quedó muy bien resuelto por los actores, haciéndolo accesible al público y no cayendo en las declamaciones exageradas o los personajes excesivamente grotescos.
La escenografía y la iluminación acompañan excepcionalmente al montaje, logrando pasar de una escena a otra con facilidad y transportando al espectador a los distintos ambientes y estancias que sugiere el texto original. Dan mucho juego las puertas del casino.
El trabajo ágil de los actores, conocidos de la escena teatral, el cine y la televisión, impregna de dinamismo a la obra, en la que se van sucediendo ordenadamente los recursos cómicos que tan buen resultado han tenido entre el público. El humor va dejando paso a la tragedia, al final irremediable y el desconsuelo de los protagonistas. En ese sentido, el paso de un estado a otro queda bien resuelto. Los actores secundarios tienen tanto protagonismo como los principales, y consiguen dotar al montaje de un dinamismo necesario para que no se alargue un montaje de aproximadamente dos horas de duración.
Flora de Trevélez
Ana Marzoa se mete en la piel de Flora de Trevélez, la solterona cruelmente humillada por la broma de Tito Guiloya. Es difícil crear un personaje estrafalario sin caer en la exageración o la burla. Ana Marzoa consigue crear el equilibrio óptimo entre la comicidad y la tragedia que encierra su personaje. De enamorada entregada pasa a descubrir la realidad del engaño y queda hundida y consciente de su particular tragedia, resumida en la frase de Flora: “la felicidad es un pájaro azul que se posa en un momento de nuestra vidas”.



























