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Conmigo lo hicisteis

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(Mateo 25,31-46) Os estoy contando la última noche que Jesús dedicó a enseñarnos los misterios del Reino, y a cada palabra que digo siento que no puedo transmitir la profundidad de todo lo que nos decía. Después los acontecimientos se precipitaron, la preparación de la pascua, su arresto… ya sabéis. Lo que no os podéis imaginar es cuál fue su última enseñanza aquella noche.

Sólo se escuchaban los sonidos de la oscuridad, y su voz serena creando silencios. Él nos dijo que el Padre lo había constituido en el juez del universo, y que le iba a encomendar la tarea de juzgar a todas las naciones. Natanael y yo nos miramos cómplices, sabiendo que con un juez como él nada hay que temer.

Pero entonces fue cuando lo dijo: “Venid vosotros benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me distéis de comer, porque estuve en la cárcel y vinisteis a verme (…), cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.  Así nos lo dijo.

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Ahora es normal que en muchos sitios a los cristianos nos llamen “ateos”, porque no queremos ofrecer incienso, ni comida a los dioses. ¿Cómo poner nuestro corazón en el humo, que se disipa en el aire, y no contemplarlo a Él en el rostro de los pobres y humildes?

“Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”, esta frase resuena en mis oídos muchos días y se convierte en oración. Una oración que es consuelo, porque sigo teniendo cerca de mi Maestro; una oración que es exigencia; una oración que, me parece, que es semilla de revolución, de cambio desde la raíz, de este mundo, a veces, tan injusto. Una oración que, por venir de quien viene, nos serena, igual que aquella noche.

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