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Hay apellidos que pesan y suenan a gloria. El de los Farruco es uno de ellos, y la saga de los Farruco continúa. Quedó más que claro este jueves en el Teatro Municipal de Dos Hermanas, que vibró con el espectáculo Con-cierto Flamenco de Juan Fernández Montoya ‘Farruquito’, dentro del Festival Duende de la Diputación de Sevilla.

Se podría decir que no fue una noche más, sino la confirmación de una estirpe. Farruquito no vino solo; le dio la alternativa a su heredero, su hijo Juan Fernández Alcántara ‘El Moreno’. Con una puesta en escena desnuda, donde un juego de luces y sombras creaba misterio, las tablas se convirtieron en un puente entre el ayer, el hoy y el mañana del flamenco. Un viaje en el que padre e hijo se encontraron.

Y es que Farruquito, en este montaje, rescata ecos de sus mejores momentos, pero con la improvisación por bandera, porque el flamenco, si no es de verdad, no es nada. A través de esa coreografía del impulso, se crea un equilibrio perfecto entre las distintas épocas que han marcado su baile, siempre clavado en la raíz de lo jondo.

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Con-cierto Flamenco es una obra de pura sangre y corazón, donde cada artista brilla con luz propia en un torbellino de arte. Farruquito y ‘El Moreno’, con varios cambios de vestuario, se midieron en un mano a mano y se lucieron en solitario, mecidos por un colchón de cante y toque que acariciaba el alma. De las gargantas de metal de Ismael de la Rosa ‘Bola’, Manuel de la Nina, Mari Vizárraga y Montse Cortés brotó el quejío, arropado por el toque de Yerai Cortés, los teclados de José Fernández y el compás preciso de Paco Vega en la percusión.

Pero una noche de flamenco sin su pellizco de drama no es una noche completa. La velada tuvo su quejío. Al principio, el bailaor se lamentaba con gesto torcido porque la madera no le respondía, porque sus pies no sonaban con el eco que merecían. Y casi al final, un tirón traicionero en la pierna lo obligó a abandonar el escenario en mitad del baile. El teatro enmudeció.

Fue entonces cuando ‘El Moreno’, mirando al futuro, se echó el escenario a la espalda. Con una madurez impropia de su edad, cogió el testigo y puso el broche de oro al número, roto por la emoción pero arropado por un público que se desató en un aplauso cerrado y sincero.

Farruquito, herido pero no vencido, no podía irse de Dos Hermanas de esa manera. Tras caer el telón, reapareció junto a toda su gente para un fin de fiesta por derecho. Allí regaló sus últimas pinceladas de baile junto a su hijo y, para sorpresa de todos, hasta el cajón se arrancó. El percusionista Paco Vega demostró que lleva el compás en los pies y no solo en las manos, llevándose una de las grandes ovaciones de una noche para el recuerdo.

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