1736. Dinero indiano para el retablo de Santa Ana

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Dinero indiano para el retablo de Santa AnaEn nuestro libro Historia de la Hermandad de Señora Santa Ana tuvimos la ocasión de reconstruir buena parte del devenir histórico de esta centenaria institución nazarena, cargado de momentos y episodios cuanto menos curiosos. Y en ese mismo devenir jugaron un papel importante las numerosas donaciones que procedieron del otro lado del Atlántico en el siglo XVIII. Tales donaciones contribuyeron a hacer de aquel siglo la verdadera etapa dorada de la hermandad de la Patrona. En esta ocasión nos vamos a detener en una de ellas, la que concedió un nazareno de nacimiento e indiano de adopción, devoto de la Abuela de Cristo, llamado Bartolomé Rodríguez de Córdoba.

El 16 de agosto de 1735, falleció en la ciudad Santiago de los Caballeros de Guatemala (capital de la antigua Capitanía General de Guatemala), en el reino de las Indias Occidentales, el referido Bartolomé Rodríguez de Córdoba. Nuestro paisano había abandonado Dos-Hermanas en los últimos años del siglo XVII y cruzado el océano en busca de fortuna, siguiendo el viejo sueño del Dorado. Y no era el único, pues desde el siglo XVI muchos nazarenos habían pasado a las Indias con ese mismo anhelo, y algunos de ellos consiguieron prosperar como fue el caso de José García de Terreros, que ocupó el cargo de regidor y alguacil mayor en la ciudad de Santiago de Querétaro, en el virreinato de la Nueva España.

Dinero indiano para el retablo de Santa Ana

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También prosperó Rodríguez de Córdoba, y de qué manera, teniendo en cuenta la formidable manda que dejó a Señora Santa Ana, la Patrona de su lugar natal. Cuando otorgó su testamento ordenó que se entregasen a la hermandad de Santa Ana de Dos-Hermanas “quinientos pesos escudos para que se gastasen en dorar el retablo de dicha Santa Imaxen y que estando en el mayor Culto, conbirtiéndolo // en algunas alajas cuya cantidad se han de costear hasta ponerlos en esta dicha Villa a costa de los vienes del dicho difunto”. La cantidad que dejaba no era para nada baladí. Como curiosidad diremos que era el salario anual que percibía por esas fechas el bibliotecario de la Real Biblioteca de Madrid (antecesora de la actual Biblioteca Nacional). En cualquier caso, se trataba de monedas de oro mexicano, y la hermandad nazarena no estaba, para nada, acostumbraba a recibir tan generosa manda.

Los oficiales de la hermandad de Santa Ana no conocieron la noticia del óbito y donación de Bartolomé Rodríguez de Córdoba hasta finales del mes de mayo de 1736 (hay que tener en cuenta las largas distancias y los medios de comunicación de aquella época). El primer día de junio de ese año, los oficiales don Juan Baltasar de Castro y Alonso Gómez, alcaldes de la cofradía, y José y Andrés Gutiérrez Rubio, mayordomos receptor y de alhajas, dieron poder cumplido y bastante a Fernando Ruiz Durán, para que en nombre de la corporación cobrara de los bienes del difunto los 500 pesos. Fernando Ruiz era también natural de Dos-Hermanas y, como Bartolomé Rodríguez, había fijado su residencia en Guatemala, buscando la prosperidad que aquí no encontraba. Asimismo, Rodríguez de Córdoba lo había nombrado su albacea testamentario y, a la vez, su heredero universal.
Ruiz Durán, cumpliendo con los deseos del finado, entregó la cantidad a Antonio de Santa Trimiana, el cual embarcó rumbo a España, llegando a la ciudad de Cádiz a mediados del año siguiente. Enterada la Hermandad de la presencia de Santa Trimiana en la capital gaditana, dio poder cumplido en diciembre de 1737, esta vez al antes citado don Juan Baltasar de Castro, aún alcalde de la cofradía, para que en nombre de la corporación recibiese de manos de Santa Trimiana los ansiados 500 pesos.

Gracias a esta importante donación indiana se pudo, al fin, dorar el magnífico retablo de Juan de Valencia que actualmente tenemos la fortuna de contemplar, y, por tanto, rematar tan importante muestra del Barroco sevillano.

Dinero indiano para el retablo de Santa Ana

{xtypo_rounded4}“Mi Señora Santa Ana”
De esta cariñosa forma nombraban los nazarenos del siglo XVIII a la Patrona de la villa en muchos documentos oficiales. Por poner sólo unos ejemplos, don Francisco de Guzmán Ponce de León, destacado hacendado de aquel siglo, se refería siempre a nuestra Patrona como “mi Señora Santa Ana”, y su abuelo materno, el hidalgo Francisco Domínguez de Rivas en su poder para testar de septiembre de 1724, citó a la Santa de esta manera tan curiosa: “a mi Señora Santa Ana, Su Madre, felis Protectora de esta uilla”.
Y este es el aspecto que presentó la imagen de Santa Ana desde el siglo XVII hasta que en 1946 se decidió despojarla de los barrocos ropajes. Por fortuna, la talla (gótica, del s. XIV) no sufrió alteración alguna con el fin de convertirla en una imagen de candelero, como sí ocurrió con la otra gran imagen medieval del municipio, la Virgen de Valme.
En esta fotografía, tomada en 1941 y conservada en la Fototeca de la Universidad de Sevilla, vemos a la Patrona tocada con la corona de plata del siglo XVII y las ráfagas del mismo metal que aún conserva. Tanto la Santa como la Virgen llevaban rostrillo, y es destacable el magnífico manto en el que están bordados los anagramas de Cristo y María, manto que con el paso del tiempo se perdió.{/xtypo_rounded4}

Un magnífico retablo para la Patrona
La capilla de Santa Ana guarda una auténtica joya: su retablo mayor. Realizado en madera de pino de Flandes entre 1699 y 1702 por el maestro ensamblador de retablos Juan de Valencia y los escultores Agustín y Miguel de Perea, tuvo un coste de 500 ducados. El retablo sigue esta disposición: sobre un alto banco se levanta el cuerpo principal, en el que la calle central sobresale respecto a las calles laterales, para contener la hornacina donde se encuentra la imagen de la titular de la capilla y hermandad, Señora Santa Ana. Las tres calles se articulan con columnas salomónicas de seis espiras recorridas de motivos florales y coronadas por capiteles corintios. 

El nicho principal y los encajonamientos laterales donde figuran las esculturas de San José y San Joaquín, delimitan su entorno con molduras de ovas y dentellones de recorrido rectilíneo con algunas estrangulaciones curvas en el caso de la hornacina central, sobre la cual se insinúan los extremos de un frontoncillo mediante tallos avolutados.
Sobre la cornisa está un ático integrado por hornacina trilobulada entre pilastras, en la que se encuentra una imagen de San Roque (donada por Juan Ruiz en 1641), y a los lados volutas, tarjas y racimos conformando una complicada trama, que llenan el espacio dejado en altura por las calles laterales del cuerpo inferior. Las columnas externas del cuerpo principal se rematan en el ático por jarras. Cierra el conjunto una cornisa curva abierta en su tramo central para dejar paso a una cartela enmarcada por hojas carnosas. No podemos dejar escapar el detalle que encontramos en el banco del retablo: las supuestas representaciones de las dos hermanas fundadoras de la ciudad, en actitud orante.

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