No hace mucho tiempo, yo acompañaba a un familiar en el Hospital Virgen de Valme, compartíamos habitación con una enferma de la comarca de Lebrija, familia humilde y honrosa.
Qué lecciones más interesantes nos daban aquellos vecinos cada día, para que no quedara sola la madre y no perder la peonada, en vaivén se turnaban; algunas veces si el tiempo apuraba, con él “amotillo” y ropa de trabajo desde el tajo se escapaban. Una de las hijas, que al vivir en los aledaños de Jerez, para venir a ver a la madre su apaño hacía, al no tener otro amparo, sus niños los dejaba a expensas de los vecinos. La madre le decía, Juanita, es que no quieres a tus hijos, que para venir a verme los dejas abandonados, “mama sí que los quiero, como tú a mí”, le contestaba, y era verdad, los besos lo confirmaban.
Pensando que eran las piernas las que fallaban, el tubo del thrombocid de tanto apretarlo tenía la panza flaca, ni un momento paraba. Aquellas rudas manos curtidas en el campo, con todo el amor del mundo una y otra vez las piernas masajeaban, para cuando pasaran la “ITV” estuvieran al tanto, y el doctor del fonendoscopio y la bata blanca, les diera el visto bueno, para que por los senderos de la vida siguieran caminando.
La mujer nos contaba, que viuda, para sacar a sus cuatro hijos adelante, su padecimiento había sido largo, en el hogar y en el campo; en el pegujal, en la vendimia, en el algodón y la remolacha.
La mayoría de los enfermos, a la caída de la tarde (hora febril), para su reanimación antipiréticos tomaban, Rosalía que así se llamaba la enferma, no tomaba antitérmicos químicos, eran naturales, el cariño de sus hijos la confortaban.
¡Qué beso de hijo cuando llegaba! ¡Qué gozo de madre! ¡Qué apretones cuando se iba! ¡Qué tristeza de madre!
Vete hijo que ya es tarde, un pellizco en la mejilla a cambio de un beso con lágrimas.
Hijo, no vengas mañana que yo estoy mejor y a tus niños les haces falta.
Todo intento fue vano, no eran piernas cansadas si no el corazón agotado por el caminar sin descanso.
Copiemos de aquellos hijos y masajeemos con cariño y amor a la Rosalía que nos dio la vida, cuando el rosal se seque no hay remedio.
Mi admiración a todas las madres.






























