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Miserias de la democracia

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Ahora que ya pasaron unos días de las elecciones municipales  cada cual ha hecho sus comentarios. Justo ahí la gente se destapa más, porque a la opinión se añade algo íntimo que es la sensación de relativos éxitos o fracasos después de conocerse los resultados de la consulta y que les hace más explícitos en sus manifestaciones. En cualquier caso, un paso siempre adelante para la colectividad en el ejercicio y la experiencia democrática. Las consultas democráticas funcionan a partir de las creencias y de las experiencias de los llamados a las urnas. Así que no suelen ser los raciocinios, bien o menos bien delimitados y mesurados, los que deciden nuestra voluntad a votar por tal o cual programa o candidatura, sino que son creencias, pareceres, constataciones o seguridades inseguras las que nos determinan. Más aún, a veces las solidaridades ciegan las mentes y calientan los deseos hacia particulares opciones. Y no digamos los intereses y conveniencias que tan lejos están del bien común y que son propios de muchos votantes. Sin hablar de la disciplina de partido que, como modernos mosqueteros, tal si fueran clonados hijos de los mismos padres de la patria, no tienen empacho en seguir al pie de la letra los dictados de su líder todos a una.

Así es la democracia y así evoluciona y así la queremos. Porque es mejor partir de lo que somos que vestirnos de manera que nos sintamos disfrazados de racionalidades extrañas, no porque seamos irracionales, sino porque cada uno tiene sus razones y creencias. Y digámoslo con el filósofo Pascal, “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Es obvio que cada uno tiene su propio corazón y sensibilidad. Afortunadamente para nuestro país, pasaron ya los tiempos en los que alguien o algunos decían lo que teníamos que hacer los demás, cómo y cuándo.

Todo esto, que un fascista podría llamar miserias, son nuestras queridas miserias, son la garantía de nuestro triunfo colectivo. Del ágora antiguo al parlamento moderno, del foro a la tertulia, nos hemos acostumbrado a oír toda clase de sensateces, locuras, mentiras, acritudes, posibilismos, pretensiones de verdades, cortesías y descalificaciones en un eterno flujo y reflujo en el que permanece la identidad de los individuos como personas libres, que es lo importante.
Por eso cuando se comentó en días pasados que nuestro pueblo se podía fraccionar como en los tiempos de la intolerancia, estábamos oyendo otra miseria democrática y estamos felices de que, pasados unos días, sólo quedó en un comentario y pocos párrafos en los periódicos. Queremos alimentarnos de nuestras cosas bien hechas y menos bien hechas, que así estaremos seguros de estar en la esencia del ser democrático. Desearíamos, quizás, una dialéctica  menos agria, pero ésta es la que tenemos; más elegancia parlamentaria, pero ésta es la que hay. Más unidad frente al terrorismo, pero en esta legislatura no ha podido ser. Quisiéramos que la disciplina de los partidos asumiera la democracia interna de los mismos…, pero todo llegará y así lo creemos. Quisiéramos que las antiguas instituciones no políticas se comportaran como una parte de un todo con jurisdicción particular en su propio ámbito, pero que no intentaran, por su propia credibilidad, arrasar o ser preponderantes deteriorando sus propias creencias. Son miserias de la democracia que nos pueden hacer humildes o sea realistas en pro de lo que tanto ha costado.

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