Mateo 2,1-12
SI TUVIERAIS Todas las tradiciones de un pueblo son, en principio, loables y algo a valorar. Las tradiciones son la manera con las que una cultura ofrece a los que la viven los medios para desarrollar el sentido de la fiesta, de la familia, de la autosuperación, de la trascendencia… en definitiva el sentido de lo humano. Pero, para los cristianos, toda tradición ha de ponerse de rodillas ante un niño que sufre, ante una familia que está en debilidad.
La fiesta litúrgica de la Epifanía nos ofrece un Evangelio hermosísimo. Unos magos venidos de oriente, de una cultura ajena al judaísmo, de una tradición distinta a la del Mediterráneo, buscan afanosamente al Salvador de la Humanidad; y cuando lo encuentran, ante él se arrodillan, ante él se ofrecen en unos significativos regalos, en él encuentran la luz luminosa que su vida necesitaba, y de la que, en una maravillosa confluencia estelar, encontraron un reflejo.
Jesucristo es la luz de la humanidad, de toda la humanidad; Jesucristo es luz de todas las culturas; y toda cultura, también la nuestra, ha de dejarse interpelar por su mensaje y su encarnación. Por mucho que nuestras tradiciones recojan “la historia de Jesús”, también nosotros hemos de reconocer nuestras oscuridades para que la luz de la Palabra acabe con nuestro consumismo derrochador, nuestra injusticia encubierta y nuestra solidaridad, a veces, someramente maquillada.
Coronas de Adviento, Belenes, Cabalgatas, Felicitaciones y postales edulcoradas: si no son reflejo de que nuestro corazón se ha dejado iluminar por Jesucristo, todo ha sido nada.




























