Antonio Milla murió el 20 de junio de 2015. Tenía 90 años, alguno menos que Cecilia Peinado, su ejemplar y amante esposa, que atendía con la misma entrega y solicitud su farmacia y su casa, siendo siempre ayuda eficaz de su esposo en sus quehaceres artísticos. Antonio se lo reconoció con creces, y así en su Catálogo nazareno «50 años en la pintura de Antonio Milla (de 1950 a 2000)», se lo dedica «A Cecilia, siempre presente, física y espiritualmente, en la realización de estas obras que ahora tanto nos gratifica presentar en Dos Hermanas».
Antonio era de pueblo, de un pueblo que se llama Triana, un pueblo dentro de la gran Ciudad, con una personalidad propia arrolladora. Un pueblo donde Antonio era querido y admirado como «trianero ejerciente», que recibió su reconocimiento Oficial como Trianero del Año en 2005. Porque pocos sevillanos pueden ofrecer en su curriculum títulos de sevillanía tan profunda como Antonio, que nacido en la calle Feria se crió nada menos que en la calle Castilla, donde aún se recuerda aquella droguería familiar, esa de la que habla Antonio rememorando sus años jóvenes en los que «por la mañana ayudaba a su padre despachando jabón y sosa cáustica… y por la tarde ejercía como directivo del Ateneo». Ese barrio, esas arquitecturas rústicas que son las señas de identidad de su pintura, en la que retrata con mano maestra ese «mundo sencillo y seguro donde -en palabras del profesor Palomero Páramo- Milla ha querido dejar constancia de cómo éramos y, por oposición, de cómo somos».
No sé si la Triana de su infancia le ha motivado hasta tal punto, pero es lo cierto que Antonio nos acerca siempre al lado humano y tierno de las cosas, donde palpita la verdad sin disfraces ni artificios. Donde hay pobreza, la hay inequívocamente en sus cuadros, pero también hay una gran dignidad, la representa con su benévola mirada de hombre generoso y enamorado de la sencillez sin malicia, de lo natural en su virginal esencia incontaminada. Su lápiz pintaba rincones esenciales donde lo humano se vislumbra pero sin enturbiar el discurso del ladrillo y de la cal. Cal de Morón y ladrillos amasados con el barro antiguo del gran río y trabajado en los alfares de Triana. Y con el pincel se pelea con el lienzo e imposta esas masas azules celestiales, esos blancos imposibles, esos ocres donde se encierra lo más primitivo y sencillo.
Y es que los retratos de sus pueblos, todos sus pueblos, los de las Hurdes y los de la sierra de Huelva, los de la Campiña y las Haciendas de Dos Hermanas, como dice el profesor Teodoro Falcón, encierran «una delicada poesía intimista». Porque Antonio, según el profesor Valdivieso, es «pintor de vocación andariega, que encuentra su plenitud alejándose de la gran ciudad para perderse en recónditos parajes».
Francisco Toscano, Alcalde de Dos Hermanas, en la presentación del Catálogo de la mejor exposición que tuvo Antonio, la gran exposición que en el año 2006 le dedicó el Ayuntamiento de Dos Hermanas a sus 50 años de pintor (1950 a 2000) en el Centro Cultural «La Almona», decía con acierto que «de la mano de nuestro amigo el pintor Antonio Milla, que cultiva la amistad en su casa nazarena, nos encontramos con esos paisajes que nos pertenecen, y con los que nos identificamos…Para Dos Hermanas es un privilegio exponer su obra, y un orgullo haber servido de inspiración para algunos de sus magníficos trabajos». Y aquí quedó su nombre, impuesto por el Ayuntamiento a una de las Salas de su magnífico Centro Cultural.
Atrás quedó una larga vida de docencia en la Universidad Laboral donde dejó tantos amigos como profesores y alumnos. Y nos dejó también su ingente obra, fruto de un intenso trabajo en la tranquilidad de su estudio o en las calles y plazas de sus pueblos, pegando hebra con todo el mundo mientras pintaba, genio y figura de persona cordial y afectuosa. Y todavía tuvo tiempo para una intensa colaboración con el Ateneo de Sevilla que le nombró Socio de honor en 2004 y le dedicó una Sala en agradecimiento a su labor en la Cabalgata de Reyes durante años. Y fue miembro destacado de la Real Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría, de la Asociación de Amigos de la Capa, de la de Camping de sus primeros viajes al extranjero. Antonio Milla distinguido con la dedicación de una calle y la imposición de su nombre al Centro Cultural de Alájar. Su nombre permanecerá siempre en el recuerdo de tantos amigos y de tantas otras instituciones que nunca le olvidarán..






























