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(Lucas 2,16-21) EL DÍA 1 DE ENERO celebramos la principal fiesta de la iglesia para celebrar la memoria de la Virgen María: su maternidad divina, María Madre de Dios; también celebramos la jornada mundial de la paz con el deseo de que la paz llegue todo el mundo. No valoramos lo que significa la paz sino cuando vemos las consecuencias de la guerra: ancianos viviendo entre escombros y pasando frío, familias desplazadas de su tierra y de su vida, hombres jóvenes muriendo en trincheras encharcadas de barro, niños con miedo: hambre, frío, violencia, torturas, miedo y muerte.

Pero la guerra nace mucho antes que el estallido de la primera bomba. La guerra comienza en el corazón de las personas, y tiene forma de orgullo, de soberbia, de ira. La guerra va creciendo en los discursos de odio, en la criminalización del contrario, en su conversión en un títere sin alma en quien desahogar nuestras frustraciones. La guerra va tomando forma con la manipulación de las instituciones cuando un gobernante comienza a poner todos los poderes, y contrapoderes, de un estado bajo su única voluntad. Las guerras grandes y las pequeñas, las de nuestra casa, tienen el mismo origen: orgullo y victimismo. 

La vacuna para estos virus está en guardar en nuestro corazón, como la Virgen, todos los gestos de bondad que las personas tienen con nosotros y la misericordia que Dios Padre nos ha mostrado regalándonos la dignidad de ser sus hijos.

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