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(Lucas 17, 5-10 ) NADA HAY EN esta vida sin fe. Algunos presumen de no tener fe, pero eso es un absurdo, un contrasentido, una actitud inhumana. Fe es la confianza en el amigo en quien confiamos; fe es entregar el corazón a la persona a la que quieres; fe es poner tu vida completamente al servicio de tus hijos; fe es llenar el alma con la belleza que nos rodea; fe es acoger con sinceridad el sentimiento de compasión por la persona que sufre y disponerte a ayudarla en algo.

Sin fe, los científicos no investigarían la nueva hipótesis que revolucionará nuestra imagen del mundo, y que antes de ser comprobada requiere de años y años de entrega a lo que no saben si ratificarán los experimentos. Sin fe no se entregaría el artista a su intuición estética para captar la esencia de los sentimientos humanos como hasta ahora nunca se había hecho. Cuando nos falta la fe nuestro espíritu languidece. Pero con solo un poco de fe –“si vuestra fe fuera al menos como un pequeño grano de mostaza”, dice el Señor-, caminamos en esperanza. Sin fe el hombre no sería persona.

Vivir en la fe es acoger una existencia plena. Pero la fe, cuando es auténtica, siempre exige entrega y gratuidad. Creemos en lo que es más grande que nosotros; en lo que merece asumir cualquier penalidad; ante lo que, después de habernos entregado por entero, podemos decir: “siervo inútil soy, solo he hecho lo que tenía que hacer”.

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Piensa un poco: ¿Quién merece, en verdad, que le entregues así tu vida?

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