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(Jn 10, 27-30) POCAS COSAS puede haber peor que vivir con miedo. Cuando alguna persona me comparte que vive con miedo, entiendo que pasa por un profundo e intenso sufrimiento. Intento tranquilizarla y objetivar su situación, incluso con alguna pequeña broma, pero la comprendo.

La fe en Cristo tiene la virtualidad de darnos seguridad y confianza. Ninguna situación puede alejarnos de Jesucristo. Quien vive de la fe, en toda circunstancia se sabe arropado y protegido por El Señor, el buen pastor. Quizás por eso el salmo más querido por muchos creyentes es: «El Señor es mi pastor, nada me falta; por verdes praderas me hace recostar y repara mis fuerzas…»

La presencia íntima, cercana, sensible de Cristo en nosotros es un don cotidiano que nunca agradeceremos lo suficiente. Esa conciencia de estar entre sus manos no nos evita los problemas, pero nos hace afrontar las dificultades de nuestra vida con serenidad en el corazón y una sonrisa en los labios, incluso en los momentos más duros. Sabemos que quien pasó por la cruz nos arropa y nos acoge. Sabemos que quien fue enviado por el Padre a anunciar su amor a los hombres, también nos envía a nosotros a hacer de nuestra vida semilla de su amor.

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«Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término”.

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