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(Jn 21, 1-19) EL EVANGELIO de San Marcos se compuso en Roma y tenía tras de sí el testimonio apostólico de san Pedro. Y como las personas de fe son así, Marcos es el que con más claridad refleja las limitaciones, las tentaciones y las negaciones del primero de los papas de la Iglesia. Por el contrario, el que nos transmite el texto más tierno y trascendente de la relación entre Pedro y Jesucristo es el evangelio de san Juan. Paradojas que solo desde la fe se entienden.

Cuando Dios decide encarnarse, lo hace con todas las consecuencias. No solo con las posibilidades y limitaciones de nuestra condición biológica, también las de nuestra condición histórica. Y para que el evangelio se fuera extendiendo a todas las personas y todos los pueblos puso a Pedro como signo de unidad y de caridad en la Iglesia. “Pedro, ¿me amas?”, le pregunta una y otra, y otra vez; y ante la respuesta humilde y sincera de aquel pescador de Galilea lo llama a una misión muy superior a sus fuerzas: “Apacienta mis ovejas”.

Cuando nuestra humildad y la gracia de Dios mate la raíz del orgullo que nos desazona y nos desorienta, podremos vivir en fecunda entrega a la misión que Jesucristo nos confía. Ojalá tengamos la humilde valentía de Pedro para asumirla. Solo tú puedes hacer lo que Dios a ti te pide. En este aquí y este ahora tú también puedes responder a Jesús: “Señor, a pesar de mis debilidades y caídas, tú sabes que te quiero”.

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