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(Lc 9, 28-36) COMPROMETIDOS son aquellos que se hacen una mutua promesa. El compromiso se da en el matrimonio, simbolizado en un anillo, y en muchos aspectos de la vida con un contrato o dando la palabra. La promesa nos abre al dinamismo de la confianza: nos fiamos de quien nos entrega su palabra y nos disponemos a cumplir nuestra.

¿Y cuándo es Dios mismo quien nos ofrece promesa de cuidarnos y entregarnos su propia vida? ¿Quién puede compararse con el Dios que ha creado el mundo y el universo entero para establecer con él un pacto, o un acuerdo, o para solicitarle que nos dé su Palabra, o para ofrecerle la nuestra? Los creyentes vivimos en esa osadía. Experimentamos que Dios mismo viene a nosotros, y como una madre ante su hijo temeroso, o como un amigo ante un amigo angustiado, nos dice: “No temas yo estaré contigo siempre.” A veces se nos olvida lo más elemental; y para el creyente lo primero es la promesa de Dios que nos llena de confianza y de seguridad. Si Dios está con nosotros, ¿qué habremos de temer?

Dios no nos promete solo tierra y descendencia, como hizo con Abraham. Dios nos prometió a su Hijo Único; y su Hijo vino a la tierra y se entregó por nosotros; y nos ofrece su Espíritu para que vivamos, en todo momento, con el gozo personal de vivir la plena comunión. ¿Qué más se puede pedir? ¿Qué podemos negarle si nos lo pide?

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Somos como recién comprometidos con quien nos ama.

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