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HUBO UN TIEMPO en el que el hombre se sentía y se creía, por derecho propio, el centro del universo: una desmesura; bien que aquel universo era pequeño y no abarcaba más que desde la cuenca del Mediterráneo hasta poco más allá de Persia, y una pequeña cúpula estrellada que lo contenía todo. Después la humanidad fue descubriendo nuevos mundos, nuevos horizontes, la inmensidad del firmamento; y el hombre tuvo que reconocer que es un pequeño grano de tierra en un mundo que no es más que una minúscula mota de polvo de todo el universo. Y para que no se nos olvide, cada cierto tiempo, viene un virus y nos hace ver lo precario de nuestra situación.

Pero una vez que sabemos de nuestra pequeñez y vulnerabilidad, podemos disfrutar de la grandeza y del poder oceánico que se despliega en cada pequeña parte del universo. Un poder que nos habla de la grandeza y la creatividad de Quien lo creó. Al contemplar con los ojos, con los oídos y con la piel la hermosura, a veces terrible, de la creación, nos sobrecogemos por la grandeza a la que pertenecemos y en la que somos: en Él vivimos, nos movemos y existimos.

Pero todavía nos admira, nos sorprende y nos sobrecoge más el saber que Quien todo lo creó nos quiere como a sus hijos; que Quien todo lo creó nos envió a su propio Hijo, el cual, muriendo por la ira y nuestra violencia de algunos, y ante la indiferencia de muchos, nos abrió, por amor, el camino de la vida eterna.

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Somos una nada pequeña e insignificante que el amor de Dios eleva hasta su pecho para protegerla y abrazarla. Ni las pretensiones de tu orgullo, ni el hacerte la víctima cuando vienen momentos duros tienen ningún sentido. Vivir es acoger, entregarse, crear y saberse parte del inmenso poder de Dios.

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