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(Juan 15, 9-172) EL AMOR, la alegría, la rectitud de vida, el servicio de entrega a los otros, la libertad, el sabernos elegidos para una misión única… todo viene a nosotros desde la amistad con Jesucristo. Él ya nos llama siervos, a nosotros nos llama amigos; y de esa amistad profunda brota la vida verdadera de nuestra alma.

Podemos vivir la rectitud moral en nuestra vida por decisión propia, por nuestra propia voluntad; pero poco a poco las contradicciones de la vida y la insatisfacción de afrontar con sensación de soledad nuestra existencia van mermando nuestra alegría y sentimos que estamos perdiendo nuestra libertad, nos amargamos y nos volvemos duros, comenzamos a juzgar a condenar a los otros y, en vez de ser motivo de esperanza para los demás comienzan a rehuirnos y a temernos. Sin alegría íntima la rectitud nos amarga.

Podemos iniciar el camino del amor a quien nos ama, del amor solidario a quien nos necesita. En el comienzo todo son buenas intenciones, pero pronto los demás –como nosotros mismos- se nos muestran inconstantes, no merecedores de nuestros desvelos. El amor se hace desconfiado, receloso, posesivo, y deja de ser amor. Sin recibir un amor constante e incondicionado no podemos vivir amando de verdad.

Alegría en el amor, esperanza en el servicio, libertad íntima en la entrega…, todo procede de la amistad con Jesucristo. De una amistad no meramente sentimentalista y emotiva, sino de una amistad que quiere conocerlo cada día más, que busca estar donde Él está, que busca vivir como Él vivió. Conocer personal e íntimamente a Jesucristo, desde el Evangelio y desde la vida, lo es todo. El conocimiento de amistad del Señor te hace vivir agradecido, esperanzado, entregado y con buen humor.

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