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(Marcos 1,12-15) DICEN ALGUNOS que nuestra sociedad ha perdido el sentido del pecado. Y puede ser que muchas veces nos engañemos pensando que nada de lo que hacemos está mal y que tenemos muchos derechos y ninguna obligación. Vivimos en una cultura que alienta al pecado, y el pecado sigue socavando y destruyendo la vida de las personas.

Uno de los pecados que más se alienta es el de la ira. Los mensajes más reproducidos y los vídeos que se hacen virales son aquellos que alientan el enfado, la indignación y la ira de quienes los ven. La cadencia del tiempo en las redes es muy rápida, y la reflexión serena requiere un poco de más tranquilidad. Todo se explica en blanco y negro, sin matices; en todo se busca un culpable, que suele ser chivo expiatorio de todos los males. Y como cada uno busca lo que se acompasa con sus ideas, los de derechas cada vez lo son más, lo mismo que los de izquierda. En lo único que coinciden es en su más intensa radicalización.

La ira, la polarización, la violencia en las palabras y en el corazón están carcomiendo nuestra sociedad. Personas de buenos sentimientos, que saben de lo necesario de perdonar y de aceptar al distinto, están perdiendo esos valores ante la polarización política e ideológica que vivimos. Esa ira acaba por manifestarse en nuestro día a día, con quienes convivimos.

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Frente a la ira, Jesús de Nazaret sabe de misericordia y de paciencia, de la misericordia y la paciencia del Padre. Jesús comprende los sentimientos de todos, aunque no los comparta; y busca caminos para que nos encontremos con nuestro propio rostro en la soledad y la desnudez, que en tantas ocasiones nos toca vivir, y que él nos invita a acoger como desierto en el que meditar la salvación. Es cuaresma.

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