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(Marcos 1,40-45) ESTA PANDEMIA nos está haciendo aprender muchas cosas. Algunas seguramente sabidas, pero que teníamos en un segundo o tercer plano de nuestra memoria. Otras las hemos tenido que descubrir a golpe de miedo y de aislamiento. Hemos aprendido de nuestra fragilidad; de la fragilidad de nuestra condición biológica y de nuestra condición psíquica. Como seres biológicos, nos ha enfrentado a la posibilidad, palpable y cotidiana, de enfermar y morir. Hemos escuchado tantos nombres de personas que se ha llevado el virus, que hemos descubierto que en cualquier momento podemos perder lo que más queremos, a quienes más queremos.

Hemos aprendido lo que significa la soledad de no poder celebrar, festejar o, simplemente, convivir con los nuestros. Los medios de comunicación han podido paliar esa sensación de distancia y de desvalimiento que nos invadía; alguna vez hemos también experimentado la Presencia luminosa que nos habita y que siempre nos acompaña.

Todos hemos experimentado la desazón de ser un peligro para los demás; de tener que apartarnos de ellos; de ver cómo alguien se apartaba de nosotros si nos aproximábamos a ellos más de la cuenta. Y lo hemos entendido, porque todos, también nosotros, podemos ser contagiadores sin saberlo. Y, sin embargo, algo se nos desgarra por dentro; se resiste a conformarse; y se rebela ante la ausencia de besos, de abrazos, de cercanía.

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El evangelio de este domingo nos da razón de cómo Jesús, fuente de toda pureza, se acerca a un leproso, y le habla al oído, y le abraza, y lo limpia, y lo rehabilita a la vida con los suyos. Todos somos hoy, más que nunca, ese leproso que necesita el abrazo del Hijo de Dios, el abrazo del hermano que nos quiere.

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