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(Marcos 1,7-11) No basta con ser cristiano, hay que manifestarse como tal, para dar testimonio de que el amor de Dios cambia nuestro mundo y nos hace vivir en plenitud.

Jesús fue engendrado y nació como el Hijo de Dios, para manifestar el deseo incondicionado de Dios por hacernos hijos suyos. Nosotros no podemos conformarnos con ser cristianos anónimos; hemos de manifestarnos como tales, con afán de continuar en nuestras vidas la historia de la salvación.

Los evangelios concentraron esa manifestación de Jesús como el amor de Dios por la humanidad en distintos momentos. Mateo, en la adoración de los sabios de oriente, mostró el rostro de amor fraterno y universal del Padre; Juan, en las bodas de Caná, mostró las bodas entre Dios y la humanidad trae la alegría del vino nuevo a cada persona, a cada familia; Marcos comienza su evangelio con el bautismo de Jesús en las aguas del Jordán, donde ese gesto hace que Dios se manifieste ante los hombres como amor del Padre al Hijo en el Espíritu para salvación de todos.

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Estas distintas “epifanías”, estas distintas formas de manifestarse Dios como amor para el mundo, pueden invitarnos a que cada persona, cada creyente encontrar nuestra forma de manifestar a Dios con nuestra vida. Los cristianos somos tan distintos unos de otros como distintas son las flores, los árboles y las plantas, pero nuestra vida ha de ser manifestación de la Vida y del Amor de Dios.

Llénate de Dios para mostrar sinceramente con tu vida la fraternidad y la solidaridad, la comunión en la fe, y la intimidad profunda y alegre con el Padre, que Cristo vino a traernos.

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