Palabra de hombre (y de mujer)

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En la plaza pública
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(Juan 1,1-18) La palabra nos hace personas. Por la palabra descubrimos el sentido de nuestra vida y expresamos quiénes somos. La palabra dada y cumplida nos hace personas cabales y fiables. Pero nuestra palabra no es solamente lo que expresamos con el lenguaje; nuestros gestos, nuestras actitudes, lo que hacemos y cómo lo hacemos, habla de nosotros, habla por nosotros. Un mundo sordo-mudo, sin poemas, sin canciones, sin declaraciones de amor, sin nanas que acunan, sin ideas que buscan cambiar la historia… no sería un mundo humano.

Cuando Dios nos quiso enviar su Palabra no pronunció un discurso; nos envió a personas concretas, los profetas, para que, viviendo nuestra historia, con sus gestos, con sus actitudes y, también, con sus palabras, nos mostraran poco a poco qué sentido le había regalado Dios a nuestra vida cuando nos creó. Llegada la historia a su plenitud, Dios quiso entregarnos por completo ese sentido de nuestra vida; y nos sorprendió a todos haciéndose Él mismo hombre, encarnándose en una persona como nosotros, que vivió y sufrió como nosotros, entregándonos su mismo amor, el amor de Dios.

Quien ama, es bueno y feliz; quien ama profundamente es profundamente bueno y feliz. Y cuando Dios se encarnó en Jesucristo así lo fue, y vivió amando hasta la entrega de su vida; por eso, generó un dinamismo tan grande de amor, de bondad y felicidad, que quien lo conocía, y lo conoce hoy, experimenta alegría en lo cotidiano, consuelo en sus sufrimientos y una constante inquietud por estar al servicio del más débil.

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Amarnos en el amor de Jesucristo, esa es la Palabra que Dios ha pronunciado y pronuncia para ti, ese es el sentido verdadero de la vida humana.  

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