Desaprendiendo

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(Mateo 28, 16-20) El encuentro con Jesucristo hace que todas nuestras ideas y nuestros conceptos se revolucionen. Su vida y su mensaje son de tal originalidad humana que nuestras costumbres y tradiciones, empolvadas de tiempo y rutina, palidecen. Todo lo nuestro hemos de entenderlo desde Jesús; y cuando intentamos hacer lo contrario, cuando queremos reducir a Jesús a nuestras categorías y esquemas mentales, no logramos entender nada.

“Despliegue de fuerza”, “poder de extraordinaria grandeza”, “plenitud que lo llena todo”… estos son algunos calificativos que la Carta a los Efesios reserva para describir a Jesucristo. Sí, a aquel que murió en una cruz a manos de sus enemigos sin hacer daño a nadie, sino habiendo sembrado perdón y compasión por donde quiera que iba; a aquel que creyeron vencer y aniquilar.

Claro está que su poder no es de imponerse por la fuerza, sino de interpelar nuestra libertad, y lo más profundo de nuestra humanidad, a vivir en coherencia con lo que somos; y su fuerza no es fuerza bruta, ni militar, ni de aniquilar o someter, es fuerza para sanar y restañar, para levantar la esperanza y suscitar amor entrañable; y su plenitud no la consigue a costa de rebajar o humillar a los demás, sino que su plenitud es que todos se ensanchen y crezcan dando frutos de amor verdadero.  ¡Qué difícil y qué necesario es que nuestras ideas y conceptos se llenen del significado con que Cristo los vivió!

La ascensión de Jesucristo a lo más alto del cielo, a la derecha del Padre, es la manera de expresar que el verdadero sentido de la vida de cada persona está en vivir en comunión con Cristo, aunque aún no lo sepa; que el significado de vivir, de amar, de ser es en Cristo donde verdaderamente lo encontramos. Con Él desaprendemos con sabiduría.

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