1702. Ibarburu, una emblemática hacienda

Magnífico exponente del pasado esplendor agrícola de la villa.

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Al pie de la actual carretera N-IV, concretamente en el kilómetro 558, se alza majestuosa la que podemos considerar como una de las más emblemáticas haciendas de Dos-Hermanas: la de San Lorenzo de Miravalle o de Ibarburu. El peculiar color almagra de sus muros exteriores hace que el inmueble destaque en el llano paisaje que lo rodea y le otorga un carácter singular y distintivo. Lamentablemente, hoy en día presenta un más que pésimo estado de conservación a pesar de que se trata de un Bien de Interés Cultural desde 2002.

El origen de la hacienda de Ibarburu se halla en una heredad de viña y olivar del siglo XVII situada en el sitio de Varga Santaren, y que durante esa centuria estuvo en manos de varios propietarios hasta que recayó en el rico comerciante Brito Prato en 1672. Al concurso de acreedores de sus bienes compraría esta heredad, en 1702, el comerciante sevillano Lorenzo Ignacio de Ibarburu y de Bilbao por 28.300 ducados de vellón. A partir de esa fecha y en los años sucesivos, el nuevo propietario decidió llevar a cabo diversas obras y reformas tendentes a mejorar no sólo el plantío de la finca, sino también el caserío principal de la misma. El resultado fue la hacienda que hoy en día podemos admirar, que tomó el nombre de San Lorenzo de Miravalle en honor de su dueño, el referido Lorenzo Ignacio de Ibarburu.

En cuanto al edificio de la hacienda, es muy destacable su portada principal, del primer tercio del XVIII. Aparece dividida en dos cuerpos. El inferior está formado por un vano de medio punto enmarcado entre dos pilastras de orden toscano que sostienen un entablamento decorado con sencillas figuras geométricas. El cuerpo superior, por su parte, está constituido por una espadaña rematada por un frontón triangular. Bajo la espadaña se encuentra el nombre del predio. Muy a destacar es el patio de labor, un espacio de grandes proporciones, de planta cuadrada y con pavimento de piedra y ladrillo. En su centro se alza una fuente circular realizada en ladrillo, que en ciertas ocasiones se utilizó como abrevadero.

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En torno al patio se organizan las distintas dependencias: vivienda de los caseros, las caballerizas, las naves para el ganado, las cocheras y las gañanías. Reseñables son las caballerizas, de planta rectangular, que están cubiertas por una techumbre de vigas de madera sostenidas por columnas de mármol con capiteles de pencas.

También la nave de la almazara, con su interesante viga de madera. Pero, sin duda alguna, la zona más sobresaliente del inmueble es la destinada a señorío, donde pasaban grandes temporadas los propietarios. De dos plantas, su fachada presentaba una doble arquería de arcos rebajados sobre columnas de mármol. También merece ser mencionada la torre-mirador (situada en ángulo) que posee planta cuadrada.  En su segundo piso tiene un balcón en cada uno de sus frentes. Asimismo, en la parte posterior de la zona señorial existía un patio ajardinado de planta cuadrada con una pequeña fuente octogonal en el centro.

En cuanto a los materiales que se emplearon para su construcción, fueron sencillos en todo momento. La estructura portante se resolvió con muros de carga de ladrillo, enfoscados y pintados, mientras que se empleó madera para la armadura de soporte de la cubierta.

1702. Ibarburu, una emblemática hacienda

A finales del siglo XVIII, quedó extinguida la línea masculina de la familia Ibarburu, por lo que la hacienda pasó a la rama femenina de aquella (única con descendencia), representada por Antonia de Ibarburu, quien había casado con Juan Ignacio de Esquivel Medina. El hijo de ambos, Francisco de Esquivel e Ibarburu, andado el tiempo, primer marqués de Esquivel, fue el primer propietario de esta hacienda nazarena en el siglo XIX. Asimismo, en 1857, volvió a darse un cambio en la propiedad de la finca.

El II marqués de Esquivel, para hacer frente a sus numerosos problemas económicos, vendió este predio nazareno al hacendado sevillano José María Benjumea. Aquel siglo XIX concluyó con un nuevo propietario, en este caso, Joaquín de Abaurre Mesa, que en septiembre de 1901 vendió la hacienda de Ibarburu a Guillermo Pickman y Pickman, que poco después sería IV marqués de Pickman. En la actualidad, este predio nazareno sigue estando en manos de esta importante familia sevillana, descendiente de aquel Charles Pickman Jones (1808-1883), que instaló una fábrica de loza en el antiguo monasterio de la Cartuja de la capital hispalense.

Confiamos en que en un corto plazo de tiempo la histórica hacienda de Ibarburu sea salvada del abandono y la desidia en que, por desgracia, se encuentra actualmente. Partes del edificio se han perdido de manera irremediable, continuando la agonía de un inmueble emblemático del agro nazareno.

Su capilla oratorio
Si había un espacio que destacaba en esta hacienda ese era su recoleta capilla-oratorio, magnífico ejemplo del barroco rural sevillano. En el Catálogo Arqueológico y Artístico de la Provincia de Sevilla (1951) de Hernández Díaz, Sancho Corbacho y Collantes de Terán se decía esto del oratorio de Ibarburu: “La capilla constituye un interesantísimo conjunto de dicha centuria [se refiere al siglo XVIII]. Los medallones pintados en la cubierta, donde se identifican las imágenes de San Juan Nepomuceno y San Lorenzo; el importante retablo con la pintura de la Inmaculada y la cartela superior de la Coronación de la Virgen; las pequeñas esculturas de Jesús, San Juan, San Lorenzo, San Joaquín y Santa Ana, son obras que acreditan a los del barroco maestros sevillano”. Además, varias lámparas de aceite y algún que otro exvoto completaban la decoración de la capilla, que, incluso, fue el lugar elegido por algún que otro personaje como lugar de enterramiento. De este modo, el 5 de octubre de 1833 recibió sepultura en el interior de este recinto la dama sevillana doña Micaela de Medina, esposa del coronel Ignacio Medina, que había fallecido en esta hacienda a consecuencia de la grave epidemia de cólera de aquel año. Y tiempo después, el 3 de septiembre de 1838 fue enterrada en ese lugar María Manuela Molina, esposa de Diego Rodríguez. Hoy en día, y al igual que el resto del inmueble, el oratorio presenta un lamentable estado de abandono.

1702. Ibarburu, una emblemática hacienda

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