La tarde ya se duerme entre los sueros,
las sábanas, las cábalas y el son
del trasiego y del cambio entre enfermeros
que alcanza hasta la triste habitación.
El miedo y el dolor lo inunda todo
sabiendo hacerse fuerte entre la duda
mientras piensa el enfermo el triste modo
en que habrá de buscar su sepultura.
Las inmóviles sombras de la estancia
lo atormentan, lo llenan de rencor
por un tiempo soñado en la distancia
sin su dulce fragancia alrededor.
Sin embrago, su mano, no está sola
y entre sombras de muerte sobresale
el tacto y el olor a la amapola
de otra mano surgida entre retales,
entre espejos sin vida y sin aliento,
entre lodos de pena por su suerte
que sorprenden al reo con su viento
y que llenan de amor vacío y muerte.
Sombra y mano: presencia perfumada,
cuidado tras el tul vocacional,
que eterniza el calor de una mirada
y humaniza el dolor del hospital.



























