Hace veinticinco siglos el griego Sófocles sentenció: "de todos los inventos de los mortales, ninguno más funesto que el dinero".
Y en aquella época no existía en Grecia el dinero sino el trueque. En Atenas había una casa en cuyo interior se guardaban metales preciosos como el oro y la plata, que una guardia vigilaba día y noche. Toda esta riqueza era de varias personas que con el poder de la misma imponían gobiernos y religiones al pueblo.
Con la llegada de la moneda única europea el 1º de enero de 2002, los industriales, comerciantes y profesionales de la península ibérica, convirtieron la misma en la de veinte duros, en una ambición sin límites. Un artículo que valía el día de antes cien pesetas, paso a valer un euro, o sea 166,386 de las antiguas pesetas. Una operación redonda de estos hebreos peninsulares. Algunos de estos son pensionistas de la Seguridad Social de jubilación e invalidez absoluta, siguen trabajando pegados al cajón del dinero o la máquina registradora, en muchos casos viven pobres y mueren ricos, igual que los hebreos. Gracias a ellos, a los Bancos y Cajas de Ahorro les van a reventar sus cajas fuertes de tanto dinero como ingresan.
¿Quienes sufren la avaricia de estos hebreos? La clase operaria peninsular, que con su trabajo no sale nunca de su penuria económica. Y la estúpida "sociedad de consumo" hace el resto con sus escaparates y luces de neón.
Estos hebreos carecen de ideales, están siempre en el gobierno que haya de momento o el ayuntamiento de turno, así no se indisponen con nadie y su negocio está por encima de los ideales, que es lo que a ellos les interesa, dinero mucho dinero. Todo sucumbe al vil papel-moneda. La sentencia del griego Sófocles sigue vigente en toda su extensión: "de todos los inventos de los mortales, ninguno más funesto que el dinero". Contra estos hebreos grito con toda la fuerza de mis pulmones: ¡Viva la humanidad! ¡Abajo la sociedad de consumo!






























