Definitivamente, yo he cambiado:
mi piel ya no percibe ser de seda…
percibo agreste todo en la vereda
de esta recta final y su empedrado.
No entiendo qué razón ha provocado
sentirme sin la dulce enredadera
que me unía al frescor de una arboleda
transformada en escombro del pasado.
Acabo de empezar otro sendero
que es la recta final de aquel lindero
para el que debí ser preconcebido.
Hoy sentí qué es vida en un segundo,
y en un canto de amor, me ha dicho el mundo:
“¡ábreme ya tus ojos, que has nacido!”
Esta glosa está dedicada a mi hija
Carmen, en cuyos ojos
por fin me he visto reflejado.
¡Bienvenida!



























