Dos veces al año tenemos el sentimiento y la sensación de que todo empieza de nuevo. Nuestro espíritu se viste de futuro. Pensamos que las cosas pueden ser mejor y tomamos decisiones para colaborar y poner en práctica objetivos renovados. La primera ocasión es al empezar el año nuevo, en enero, y la segunda al dar comienzo en septiembre la enseñanza, la política y otras actividades. Después vendrá el cansancio y la rutina, la prisa, los compromisos difíciles de cumplir, la vida misma que nos ata y estresa.
Siempre me llamó la atención al iniciarse el nuevo curso escolar ver por las calles o bajarse de los autobuses del cole, pequeños que apenas levantan setenta centímetros del suelo con su maleta y su guardapolvo limpio y bien planchado camino de la escuela. ¡Cuántas promesas en su caritas asustadas ante el primer día de clase de esas personitas soñolientas en la mañana! ¿Qué será de ellos en el futuro? Son como cuerpecillos misteriosos que encierran en su interior un médico, un abogado, un artesano, un matemático o quizás un jefe de gobierno. No lo sabemos. ¡Cuánta responsabilidad para los que los reciben! Enorme trabajo a realizar para llegar a buen fin. Algunos quedarán en el camino o postergados, otros arribarán a mejores puertos. Todos necesitarán un lugar en la sociedad, ellos heredarán el encargo, la señal del progreso.
El número de alumnos por aula ha descendido notablemente en España. Ya no es frecuente encontrar aquellas aulas con una multitud de 45 estudiantes en clase. Para muchos centros estamos en la mitad, entre 20 y 25. Estas cifras son resultado de que los nacimientos han bajado y el nivel de vida ha subido, así los buenos alumnos podrán ser atendidos mejor que en otros tiempos. Los medianos serán más convenientemente corregidos. Los más débiles tendrán la oportunidad de una mayor dedicación para no quedar olvidados sin solución en un banco de la escuela.
¡Qué difícil compaginar la disciplina con el afecto, los métodos con la diversidad de alumnos, cada uno, cada una, con sus problemas y matices! ¡Cuántas horas para informar y sacar de ellos toda la riqueza y potencialidad encerrada en sus cuerpecillos que llegan al templo sagrado del saber, del saber estar, del saber ser!
No olviden los que esperan a los pequeños que los primeros años de la escuela son decisivos para el resto de las vidas de sus discípulos. Estén atentos los que reciben a los adolescentes porque, como ya saben, sus alumnos no son hombres y mujeres bajitos sino personas por terminar en una edad delicada, difícil. No olvidarán los profesores del bachillerato y la formación profesional que los grandullones, en buena parte, siguen siendo aun adolescentes y a veces niños.
Muchas tareas hay en la sociedad de ciudadanos, ninguna tan delicada como enseñar en libertad, con disciplina, sin seducir ni hacer demagogias, sin dar descanso a la responsabilidad, testimonio vivo y civilizado, con respeto y dedicación a los alumnos.





























