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¡No corras, que es peor!

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Con esta frase irónica bromeábamos los soldaditos de Franco en nuestra mili vertical de antaño. Era la sorna y el humor, la picaresca entre los que daban órdenes y los que obedecíamos. “¡No corras, que es peor!” atemperaba y dulcificaba el clima sórdido, cuartelero, vacío y provinciano. Pero hoy, más que nunca, tenemos que decir, con toda verdad y necesidad, no corras que es peor. Después que tanta gente ha perdido la serenidad, sólo les queda correr, la prisa o la nada. Ser o no ser corredores. Ante tan existencial disyuntiva, es de ver y sorprende cuántos han elegido el desasosiego como modelo de vida. Correr a todas partes, correr mucho para sobrevivir. Correr por las carreteras, donde duelos semanales de  decenas de compañeros de viaje que pararon de pronto y para siempre. La prisa se opone a la serenidad. La prisa destruye, la serenidad construye. En la prisa hay un cierto desenfreno torpe o estúpido, que le es como propio y  consustancial. La serenidad es el arte de vivir la vida con ritmos humanos que producen cosas buenas, verdaderas y bellas, predicables del ser, no del estar.

Corremos rápidamente a los destinos con peligro de la integridad propia y ajena. Llegados, sólo se nos ocurre, quizás, ir con los amigos a tomar unas copas. No sabemos por qué hemos corrido tanto. Hay un estilo, una pose,  un “look” particular de la gente que corre, que quieren igualar la prisa y la propia valía inútilmente. Ir a todo meter, como alma que lleva el diablo.

Necesitamos años para las cosas importantes de nuestra vida, como el lenguaje, el oficio, el amor. Nuestras prisas arrastran a los más débiles, a los que dependen de nosotros. Los niños metidos en los coches, los ancianos.

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La prisa echa mano de artefactos mecánicos para devorar más el tiempo. Las máquinas de la velocidad son exteriores a la persona y, si terminan por dominarnos, nos deshumanizan. La serenidad, por el contrario, templa el espíritu que se deleita en el transcurso y fluir de los acontecimientos. Los que se entregan a la prisa prostituyen su ser a cambio de un estar superficial.  

La serenidad no es escaqueo ni vagancia, sino amiga del trabajo que cunde. El pensamiento es rápido, pero el raciocinio necesita tiempo. Así lo vio Descartes en su librito “Reglas para la dirección de la mente”.

La vida verdadera para Fray Luis es “la del que huye del mundanal ruido”. ¡Qué sabor de vida silenciosa y serena! Pasear del agustino por entre los sotos cubiertos de coníferas, camino de La Flecha, junto al Tormes de Salamanca y pararse a escuchar el discurrir de las aguas del molino que cuentan historias de Castilla.

Serenidad es posible, hoy también, con plácida disciplina de vida, que  nos arranca del marketing que nos provoca y aturde hasta hacernos un dominguillo, juguete del desorden capitalista, a golpes y caídas de aquí para allá.

“Como perfume que arrebata el viento –decía Villaespesa- pasarán para mí las horas bellas”. Y la melancolía las guardará para endulzar el futuro. Nuestra Andalucía era sabia en serenidad, perita en cantes a la naturaleza y a la vida. Estoica y epicúrea. Cristiana, cantando maitines por alegrías. ¿Dónde está ahora esa vida de tanta calidad? ¿Quién quitará la venda de los ojos a los seguidores del sistema?

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