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    Folclore en las calles

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    Pulso, guitarra, solera,
    sonido y olor a pueblo
    vuelven a llenar las calles
    de colores y detalles,
    de juglares, versos sueltos
    y esencias que, tras sus letras,
    legaron inciensos viejos.

    Ha llegado el canto antiguo,
    la coplilla, el romancero,
    seguidillas y saltonas:
    las vidas de las personas
    que hace mucho precedieron
    a tanto inútil que piensa
    que ha llegado aquí el primero…

    El folclore se ha hecho calle
    -¿dejó alguna vez de serlo?-
    y transpira por sus poros
    el perfume del recodo
    tejido en su callejero,
    cambiando son, por sonrisa
    tras la cornisa del tiempo.

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    Vuelve…¡que vuelva siempre!
    que no se borre el sendero
    de las canciones escritas
    –auténticas estalagmitas
    de arte, savia y buen consejo–
    mecidas en la fragancia
    que algún rescoldo de infancia
    saca un suspiro de abuelo.

    Folclore y calle son uno
    apuntalando el recuerdo,
    reasfaltando de concordia
    avenidas y memoria
    con letras por pavimento…

    Y es que son vidas cantadas,
    patrimonio, vino nuestro
    bebido por una historia
    resacosa de su tiempo,
    que endulzando desmemorias
    reduce penas y glorias,
    a estribillo y cancionero…

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