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(Mt 4, 12-23) “EL PUEBLO que habitaba en tinieblas vio una luz grande”. Jesús de Nazaret comenzó a predicar y a realizar signos de compasión con quien sufría. Por las aldeas y los caseríos iba desgranando una Buena Noticia que los sabios y entendidos de todos los tiempos querrán inquirir y comprender: “Felices los pobres”, “rezad por los que os persiguen”, “no pongáis vuestro corazón en el dinero”, “Dios mismo es vuestro Padre”. Aquellos campesinos, como los sabios de todos los tiempos y como nosotros mismos no acertamos a comprender la profundidad de la Buena Noticia de Jesús. Pero ellos tenían una ventaja: contaban con la presencia del Nazareno, fueron testigos de la fuerza y la autoridad que tenía su persona. No importaba entender; a cada uno llegaba y se quedaba con una de las palabras del Maestro. Pero aquella “palabra” se imprimía a fuego en su alma porque era la luz que necesitaba.

Hoy entre nosotros sigue siendo igual. La Buena Noticia es Jesucristo, su presencia en nuestro corazón y nuestra vida. No importa si no lo entendemos todo. No importa que haya cosas que nos resulten inalcanzables. Importa escucharlo a Él. Pero hoy, ¿quién estará dispuesto a prestarle su voz para que Él siga siendo Palabra?, ¿quién estará presto a entregarle su vida para que Él siga dando a suya a los pobres?, ¿quién aceptará ser “pescador de hombres”?

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