Poco se ha escrito de los oficios presentes en Dos-Hermanas durante el Antiguo Régimen y que, indudablemente, jugaron un papel importante en la vida cotidiana y quehacer diario de los nazarenos de aquella época. Olleros, panaderos (y en especial, panaderas), cogederas, confiteros, herreros, zapateros (de ópera prima o remendones), aguardenteros, jaboneros… La lista es bien larga, y, sin embargo, hoy vamos a prestar nuestra atención a uno indispensable: el de sastre.
En Dos-Hermanas, a diferencia de las grandes urbes como la vecina Sevilla, no formaban un gremio, por la sencilla razón de que sólo existía un único sastre, que al tiempo de abrir su tienda en la población otorgaba escritura de obligación ante el escribano público por la que se comprometía a dar «buena cuenta y razón y entrega de los vestidos que cortare y le entregaren y dieren a hacer, los quales a de dar bien acabados y puestos en perfizión como buen ofiçial examinado que es y no yrá ni ausentará con bestido ninguno ni ropa que le fuere entregada». Es decir, este único sastre sería el encargado de confeccionar y vender en Dos-Hermanas, en exclusiva, todos los vestidos que los nazarenos consumiesen. Cabe recordar, en este punto, que una persona, a lo largo de su vida, solía comprar y utilizar tan sólo una vestimenta (más de una si tenía posibilidad económica).
En esta ocasión nos vamos a acercar a la biografía de uno de los primeros sastres del que se tiene constancia documental en nuestra ciudad: Pedro Hernández Caxa, nacido en los últimos años del Quinientos.
En noviembre de 1600, terminando el siglo XVI, establecería su tienda de sastre en Dos-Hermanas Juan Rodríguez, actuando como su fiador el herrero Juan Hernández. A él le sucedería en el oficio nuestro biografiado, que hacia 1607 fija su residencia en esta villa. Por ese año, toma en arrendamiento una casa que era propiedad de don Fernando Enríquez de Ribera, esposo de doña Margarita de Peralta, y situada en la plaza pública de la villa (actual Plaza de los Jardines), que lindaba con la cárcel pública. Allí establecería su primera tienda-taller y su morada, hasta que en febrero de 1609 subarrienda la vivienda al zapatero Diego Martín. Dos años más tarde, en abril de 1611, Hernández Caxa compró a Juan Ruiz, ollero y vecino de esta villa, por 70 ducados un aposento cubierto de teja con parte de un corral en la calle Real, donde quedaría también su tienda-taller. Aquí ejercerá su oficio hasta 1616, y durante esos años tuvo negocios con Alonso Márquez, que era el que le proporcionaba las telas que utilizaría para la confección de los vestidos que realizaba. También compraba tejidos y piezas a Sebastián de Toro Asenjo y Guillén Vicente, mercaderes segovianos residentes en Sevilla, dedicados a la compraventa tanto de telas como de vestidos (ambos los vemos presentes en la famosa feria de la Seda de Los Molares en 1613). Así, en julio y agosto de 1612, Hernández Caxa se obligó a pagar a los susodichos segovianos 210 reales que les adeudaba por diez varas de paño arenoso de Segovia, y 386 reales de plata por tres vestidos de horquillas pardos que les compró.
Hernández Caxa estuvo especializado en la confección de vestidos masculinos, compuestos por las siguientes piezas: calzón, ropilla (pieza que se llevaba sobre el jubón) y ferreruelo (una capa corta con cuello y sin capilla), soliendo cobrar entre 10 y 28 ducados por cada vestido (dependiendo, claro está de la calidad del paño o tela utilizados).

Estaría ejerciendo su oficio de sastre hasta mayo de 1616 en que abandona Dos-Hermanas, sin que sepamos las razones que le llevaron a abandonar la villa. En esa fecha sería sustituido por el sastre Francisco Rodríguez, «que a el presente a puesto tienda en esta villa». Unos meses más tarde, en octubre de 1616, Luis de Medina Morán, presbítero y mayordomo de la fábrica parroquial, declararía que las casas de la calle Real donde solía vivir Pedro Hernández, maestro de sastre, estaban en ese momento caídas y arruinadas, y que nuestro biografiado se encontraba ausente, sin especificar motivos. En enero de 1618, volvería de manera puntual a Dos-Hermanas para declarar en el pleito que se abrió sobre la propiedad de las referidas casas de la calle Real.
Pero no será hasta enero de 1623 cuando vuelva de manera definitiva a nuestra entonces villa. El día 17 de ese mes, Hernández Caxa se obligó a confeccionar vestidos y darlos «bien acabados y puestos en perfizión como buen ofiçial examinado que es y no yrá ni ausentará con bestido ninguno ni ropa que le fuere entregada». Actuó como su fiador Zenón García de Rivas, uno de los vecinos más acaudalados de Dos-Hermanas y miembro de la conocida familia hidalga de los Rivas.
A partir de 1623 y hasta 1626, último año del que tenemos constancia documental de su actividad, Hernández Caxa confeccionó y realizó numerosos vestidos de hombre, de los que se conservan las correspondientes cartas de pago. En esta segunda etapa no sabemos en qué calle residió y tuvo su tienda-taller, aunque es muy probable que estuviera en la ya citada calle Real que, no lo olvidemos, era la verdadera arteria de la localidad, por donde transitaban no sólo vecinos del lugar, sino también mercaderes, aristócratas y clérigos, entre otros, que iban y venían de Sevilla y Utrera.
En cuanto a los paños y telas que utilizó para la elaboración de sus vestidos, se encontraban paños veintecuatrenos (su urdimbre constaba de veinticuatro centenares de hilos) de Córdoba, paños dieciochescos de Baeza, paños de Londres (lo que no deja de ser llamativo, teniendo en cuenta las difíciles relaciones entre la Monarquía Hispánica e Inglaterra), y rajas (paño grueso y de baja calidad) de Albuquerque. Estas últimas se las proporcionaba Juan de Olmedo, tundidor vecino de Sevilla, en color azul celeste y arenoso (entre beige y crema).
Pedro Hernández Caxa contrajo matrimonio con Sebastiana María, sin que sepamos si tuvo descendencia. Tampoco sabemos qué fue de este matrimonio a partir de 1626, fecha en la que se pierde su presencia en los protocolos históricos notariales de Dos-Hermanas. Y en el padrón de vecinos de 1631, aparece ya Miguel López como sastre, ejerciendo su oficio en la calle Real. Y como curiosidad (así concluimos esta breve biografía), diremos que en su primera etapa en nuestra villa no firmó las escrituras públicas por no saber escribir. Sin embargo, en el tiempo que estuvo fuera de la localidad aprendió lo necesario para poder estampar su firma. Sólo hay que ver la imagen de su refrendo que se incluye en este artículo, para percatarse de la tosquedad de la ejecución de cada una de las letras que componen su nombre (que aparece abreviado) y apellidos.




























