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(Mt 3, 13-17) TODOS LOS evangelios recogen la narración del bautismo del Señor como el inicio de su vida pública. Cuando llegó el tiempo a su madurez Jesús supo que tenía que iniciar su misión. Una experiencia fundamental se lo ratificó. Fue donde estaba Juan, el hijo de Zacarías, en la montaña de Judea; allí se estaban convocando muchos israelitas ante su llamada a la conversión. En Jesús este gesto tuvo una resonancia especial, experimentó el amor del Padre y su llamada a llevarle como hermanos, como hijos a toda la humanidad. Su vida y su muerte serían el sacramento de la Vida Nueva.

Desde entonces muchos se han sentido acogidos en Cristo como hijos de Dios. En algún momento, el fracaso de sus expectativas, un desengaño profundo en la vida ha llevado a algunos a dejarse abrazar por Cristo en vez de hundirse en la desesperación; en otros ha sido la ilusión por participar y colaborar en algo grande y hermoso, el deseo por llevar la buena noticia a los pobres, de impulsar justicia para este mundo; en otros un profundo anhelo de trascendencia, de paz interior, de encuentro, los llevaba hacia Cristo… Todos, al encontrarse con el Señor, nos hemos visto alentados a vivir y a dar vida.

El bautismo es el comienzo. Todo comienzo auténtico brota del bautismo, de la cercanía y la amistad con Cristo que purifica nuestro amor y alienta nuestra vida.

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