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La relación de Dos-Hermanas con el virreinato de la Nueva España es profunda en numerosos aspectos y ha dejado una huella en nuestra ciudad que hoy en día sigue siendo visible. Ahí están, si no, la venerada imagen del Santo Cristo de la Vera Cruz, el cuadro de Nuestra Señora de Guadalupe o el propio dorado del retablo mayor de la capilla de Señora Santa Ana, por citar unos ejemplos. Por no hablar de los numerosos nazarenos que se establecieron en la Nueva España desde que en 1537 Fernando Gómez fijara su residencia en la ciudad de México. Hace un tiempo, en enero de 2021 dedicamos este espacio a la biografía de José García de Terreros, un nazareno que pasaría a la Nueva España donde sería alcalde ordinario y alguacil mayor de Santiago de Querétaro. Y en esta ocasión nos centraremos en otro nazareno que destacó en aquellas tierras: el capitán don Diego Alonso de Salinas.

Nació Salinas en Dos-Hermanas en noviembre de 1636, siendo hijo de Diego Alonso y de Ana Gutiérrez, naturales asimismo de esta villa. Siguiendo la costumbre de la época, fue bautizado a los pocos días de nacer, el 29 de dicho mes en la iglesia de Santa María Magdalena, oficiando la ceremonia el bachiller don Juan de Poza, cura párroco. Fue su padrino Juan López Pachón. Hacia 1680 se estableció en Cádiz, y durante su estancia gaditana otorgó testamento el 28 de septiembre de 1682. Tras abonar a la Corona 4.000 pesos, consiguió el 30 de marzo de 1687 el nombramiento de corregidor de la ciudad de Antequera de Oaxaca (actual Oaxaca de Juárez), en la Nueva España, sustituyendo al corregidor Alonso García de Andrade. Y el 11 de junio de ese mismo año consiguió del Consejo de Indias la licencia necesaria para pasar al continente americano. Pero no tomó posesión del cargo y el 26 de junio de 1692 terminaría traspasándolo a Juan Núñez de Villavicencio, corregidor de la ciudad de México, por 6.000 pesos.

Falleció posiblemente a mediados de 1700 en la referida Antequera de Oaxaca, y en su último testamento, otorgado el 19 de mayo de 1700 ante Diego Benayas, escribano real y público de Oaxaca, mandó dar una sustanciosa cantidad de dinero a sus familiares nazarenos. En diciembre de 1702, nada más conocer la noticia del deceso, esos familiares (sobrinos, primos hermanos y primos segundos, cuya lista es tan extensa que obviamos el incluirla) presentaron ante las Justicias de Dos-Hermanas la información necesaria para demostrar su parentesco con Salinas y poder así acceder al cobro de la sustanciosa manda testamentaria. Casi dos años más tarde, el 27 de septiembre de 1704, los herederos de Salinas dieron poder a Juan de Ecuestre y José de Aguirre y Elisendo, vecinos de Cádiz y residentes en México, y a Sebastián de Landeta, vecino de Oaxaca, para cobrar a los albaceas de Salinas todas las cantidades de dinero que les correspondía de la herencia que les dejó, y lo entregasen a Andrés Martínez de Murguía, caballero de Santiago y vecino de Cádiz, «para que lo tenga en nuestra orden». Tomás Rubio Gutiérrez, primo de nuestro biografiado y uno de sus herederos, dejó establecido en su testamento de diciembre de 1704 que si llegase la cantidad que le correspondía «se le dé a Juana Rodríguez, mi sobrina, muger de Juan Prieto, dozientos reales de vellón, y a Bartolomé Pérez Garçía, mi sobrino, zien reales de vellón, y la restante cantidad entre en poder de la dicha doña Ana Bernal, mi muger, para que junto con Andrés Gutiérrez, mi hermano, lo gozen como lo demás». Sin embargo, para abril de 1706, la herencia todavía no se había cobrado. Hubo que esperar a 1709 para que los herederos de Salinas dieran poder a Juan Pérez Cebador y a Diego Alonso Cebador para cobrar al referido Andrés Martínez de Murguía los 4.500 reales de plata que les correspondía de la herencia del capitán Diego Alonso de Salinas y que el susodicho cobró en nombre de los otorgantes al capitán Rodrigo de la Chica, vecino de Oaxaca y uno de los albaceas y tenedor de los bienes de Salinas. Aquella cantidad fue enviada a España en la flota que llegó al puerto de Pasajes de la provincia de Guipúzcoa. La herencia se cobró de manera efectiva entre el 14 de junio y el 25 de junio de 1709.

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Pero la herencia dio ciertos problemas. Así, en 1710 Juan del Ángel, notario apostólico y marido de Ana Ximénez Cebador, una de las herederas, entabló pleito ante las Justicias de la villa contra Manuela Gutiérrez Ponce, vecina de Sevilla y otra de las herederas de Salinas, «sobre si le toca a la susodicha un legado de trezientos y nuebe pesos escudos que ynvió don Diego Alonso de Salinas desde los Reynos de las Yndias», cantidad que quedó embargado en la persona de Pérez Cebador, recordemos, uno de los encargados de recibir la herencia. El pleito concluirá con el auto definitivo de José de Vieta, corregidor de Dos-Hermanas, con el parecer del licenciado don Jacobo Sánchez Samaniego, abogado de la Real Audiencia de Sevilla, el 19 de mayo de 1710. Mediante dicho auto, el corregidor mandó que se le entregasen a Manuela Gutiérrez los referidos 309 pesos escudos del legado. Y al año siguiente, el 12 de agosto de 1711, los herederos de Salinas dieron poder a Manuel López Pintado, capitán de mar y guerra vecino de Sevilla, para comparecer ante el Rey y proceder contra el ya mencionado de la Chica y los demás albaceas por la cobranza de todas las cantidades que les pudiera pertenecer. Y cobrado todo, lo enviase en la nao capitana y almiranta de la flota del general Andrés de Arriola. Unos días después, los mismos herederos dieron nuevo poder esta vez a Diego Alonso Cebador y a Juan del Ángel para tomar prestado dinero con el fin de pagar los despachos necesarios que había que enviar a las Indias para demostrar nuevamente la filiación con Salinas.

Hasta aquí las noticias de esta herencia indiana. O más bien, de una parte de esa herencia, porque el capitán Diego Alonso de Salinas dejó otra herencia, pero no a un familiar, sino a una institución nazarena: la cofradía de Señora Santa Ana. Pero de ese legado hablaremos en otro momento.

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