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    El poder de la palabra

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    (Marcos 1, 21-28) Las palabras son eficaces. Nos puede parecer que no se consigue nada con una palabra, pero nos equivocamos. Un insulto, una burla, una recriminación, una crítica ácida, tienen el poder de dejar en la persona que la recibe un sentimiento de frustración y de rabia. Un halago, una broma fraterna, un reconocimiento justo de la labor emprendida, un consejo, una corrección en su momento, tienen el poder de fortalecer el ánimo, de influir positivamente en la libertad de las personas a quienes van dirigidas y a quien las oye. Nuestras palabras, cada cuatro años, quitan y ponen gobernantes.

    Las palabras tienen poder. El problema es que callamos por cobardía o por comodidad mucho de lo que tendríamos que decir; que decimos mal las cosas; que hablamos cuando no deberíamos.

    En las dictaduras lo primero que se anula es la capacidad de hablar con libertad. El dictador le tiene miedo a la palabra. Por eso la amordaza, la prostituye, la compra por miedo o por dinero. Y él, en vez de comunicar –hacer común la verdad–, hipnotiza con engaños, falsea la realidad, hace comulgar con ruedas de molino. A quien proclama la incómoda verdad lo convierte en chivo expiatorio, y sobre él recaen todas las culpas.

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    Jesucristo hablaba con autoridad, hasta los espíritus inmundos le obedecían. Su palabra clara, manantial de altura, no dejaba indiferente. Siempre era una llamada sin dobleces al corazón de cada uno. No callaba con silencios cómplices; no se dejaba engatusar con medias verdades, con cortinas de humo. Donde había injusticia, gritaba: ¡Injusticia! Donde hacía falta amor –con tacto, con respeto, a pecho descubierto–, hablaba al corazón.

     

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