Cada Jueves Santo, Dos Hermanas se detiene ante la imagen de penitencia más antigua de cuantas procesionan en su Semana Santa. En la collación de San Sebastián, el peso de la historia camina en silencio y el tiempo parece suspenderse cuando el sol comienza a ceder ante los primeros matices cromáticos del crepúsculo. Es el momento en que la Hermandad de la Vera-Cruz pone su cruz de guía en la calle, haciendo valer el peso de siglos de historia con un saber estar ejemplar, cimentado en sus reglas aprobadas en 1544.
El cortejo, de un rigor absoluto, destacó por su solemnidad. Los nazarenos, con túnica y capa negra y antifaz morado, custodiaron elementos de incalculable valor, como la reliquia del Lignum Crucis —un ostensorio que porta una astilla de la verdadera cruz— y el singular cortejo de disciplinas con sus vástagos y flagelos de cuero rematados en abrojos de metal.










El imponente «Papelón» de San Sebastián
El Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, talla anónima de mediados del siglo XVI, hizo su aparición en el dintel de la capilla sobre un monte de iris morados y cardos. Esta imagen, realizada con la técnica del «papelón» y de probable origen mexicano (Michoacán), impresiona por su envergadura. Uno de los momentos más sobrecogedores se vivió a la salida, cuando la talla fue elevada lentamente sobre el monte floral tras salvar la dificultad de la puerta, bajo un silencio sepulcral que dominaba la plaza de Hidalgo Carret.
El Crucificado procesionó sobre sus andas de madera de caoba de estilo barroco, talladas por Manuel Cerquera en 1952. El paso, robusto y cargado de simbolismo, mostró en sus esquinas los atributos de la Pasión: la Santa Faz, el Buen Pastor, la Piedad y la Primera Caída, además de los Evangelistas pintados sobre pan de oro, completando un conjunto de gran fuerza visual.
Un estreno por las calles de la feligresía
Este año, la cofradía introdujo una novedad significativa en su itinerario. Tras alcanzar la calle Real Utrera, el cortejo se adentró en su barrio tomando la calle Jesús de Grimarest para seguir por San Fernando, Santa Estefanía y Cristo de la Vera-Cruz. Este cambio permitió disfrutar de la hermandad en rincones inéditos de su feligresía antes de buscar el centro de la ciudad.









Estampa inédita para la Virgen del Mayor Dolor
Uno de los grandes focos de atención de la jornada fue el exorno floral del paso de palio. Rompiendo con la tradición de los claveles blancos, la Virgen del Mayor Dolor lució este año claveles rojos, ofreciendo una imagen inusual y de gran potencia visual bajo las primeras sombras de la noche.
La dolorosa, de autoría anónima adquirida en 1921, estrenaba además la restauración de sus bambalinas y techo de palio, trabajos realizados en el Taller de bordado Nuestra Señora de los Ángeles de Sevilla. La intervención ha devuelto el esplendor al terciopelo y a los bordados, donde destacan la heráldica de la hermandad en el frontal y la imagen de Santa Ana en la bambalina trasera.
Tras el palio, la Asociación Musical Utrerana puso el contrapunto sonoro con marchas de corte clásico, manteniendo el sello de elegancia que caracteriza a esta corporación. El recogimiento se acentuó tras la Carrera Oficial, cuando la cofradía emprendió el regreso por las calles Santa Ana y Real Utrera, buscando la calle San Sebastián para recogerse cerca de la una de la madrugada, dejando a Dos Hermanas a las puertas de una nueva Madrugá.




























