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El teatro municipal fue el escenario de la anunciación de una nueva Semana Mayor. Antonio José Ortega Avilés pronunció un pregón de Semana Santa que se quedará en la memoria colectiva de todo un pueblo por su devoción y pasión por esta tradición y por Dos Hermanas.

En el escenario, diferentes enseres de la Hermandad de Gran Poder, como su cruz de guía y faroles, una vara de junta de gobierno y la manigueta del palio de María Santísima del Mayor Dolor y Traspaso, a la que se aferró durante muchos años el padre del pregonero como pertiguero. Además de unos faroles de mano de la Hermandad de Santo Entierro, de la que también es hermano Antonio José. Debajo del atril, una jarra de entrevarales con un exorno floral de claveles rojos y lirios, como los que pisa el Señor de la Madrugá por las calles de Dos Hermanas. Sumándose a esta ambientación una iluminación en tonos morados en la zona de bambalinas del escenario.

En la presidencia del pregón el alcalde de la ciudad, Paco Rodríguez, y la delegada de Cultura y Fiestas, Rosario Sánchez, junto con el párroco de Santa María Magdalena, Manuel Sánchez de Heredia, además del presidente del Consejo de Hermandades y Cofradías, Fran Alba Claro, con su junta superior.

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En el lateral derecho del escenario, junto a la representación de enseres, un piano de cola, con el que las hermanas Rocío y Lola Avilés Ortega, intervinieron en algunos momentos del pregón, añadiendo banda sonora musical y cantada a las palabras del pregonero, con la marcha Virgen del Valle o la plegaria Señor del Gran Poder de Enrique Casellas.

Además de Amarguras, de Font de Anta, que suele abrir el Pregón de la Semana Santa de Dos Hermanas, la Banda de Música de Dos Hermanas Santa Ana, dirigida por José Colomé, interpretó al principio, antes de la presentación, Corpus Christi, de Braulio Uralde, y, al final del pregón, Pasa el Gran Poder, de Fulgencio Morón Ródenas. Dos piezas elegidas por el pregonero con un matiz sentimental. La primera, por su vinculación con la Hermandad Sacramental y la segunda, por estar dedicada al Cristo de su hermandad y por hacer un homenaje a su compositor tras su fallecimiento. Además, algunos momentos del pregón, el grupo de maderas de la banda interpretó otras marchas procesionales, como Siempre Macarena, Virgen de los Estudiantes y El Mayor Dolor.

Alberto Díaz Cardona, su cuñado, fue el encargado de presentar al pregonero, haciendo una semblanza de su vida familiar, profesional y cofrade. De la mano de Antonio José, el presentador conoció la Semana Santa y destacó de él que tiene una dilatada trayectoria en el mundo de las hermandades y que es una fuente inagotable de conocimientos cofrades. Por lo que destacó que su pregón iba a ser una «declaración de fe en honor, gloria y alabanza de la Semana Santa«.

La porfía del anhelo llega a su fin

Se acabó la porfía del anhelo. Tras meses de espera, Antonio José Ortega Avilés se asomó el pasado domingo al «abismo» desde el atril del Teatro Municipal para anunciar que la Semana Santa ya está aquí. El camino hasta este momento no ha sido fácil, sobre todo, cuando su primer impulso al recibir su nombramiento fue salir corriendo y no mirar atrás.

Por ello, el pregonero comenzó su disertación con un agradecimiento sincero a quienes «sembraron de confianza con sus felicitaciones su desierto de inseguridades», ya que Ortega Avilés comparó su designación con una alternativa taurina. Las hermandades de Dos Hermanas, de donde venía el encargo, le entregaron los trastos (muleta y estoque) antes de que pudiera decir que sí, obligándole a torear una faena que, a la postre, resultó de oreja y rabo.

Porque, aunque se definiera como un «torpe boxeador» en la materia, Antonio José afrontó este pregón desde la humildad, cubriéndose el rostro con «el antifaz de esta penitencia para ser el primer nazareno de este año y llevar la cruz de guía de la cofradía que aguardáis». Siendo cofrade desde la cuna no resultó extraño que ese papel en blanco al que se enfrentó se fuese llenando de recuerdos, vivencias y sentimientos sobre la Semana Santa. Porque, aunque su pregón no tuviera un hilo conductor, estaba sustentado por los varales de la fe, la devoción, la tradición, la historia, la religiosidad y el ADN cofrade.

El pregonero presentó una bella estampa de lo que está por venir, demostrando que es un enamorado de esta fiesta y de su ciudad. Con un texto de una rica prosa poética, fue haciendo un detallista recorrido por las devociones y los barrios de Dos Hermanas, que en esta semana se convierte en pretil por el que van desfilando los pasos de las diferentes cofradías. Solo narrado por la perfección de alguien que sabe de lo que está hablando.

Poner en valor lo invisible

Pero Antonio José, además, puso en valor lo invisible, haciendo una interesante reflexión sobre el mundo de las cofradías y sus personajes esenciales, «esos hombres buenos», como los fundadores y pioneros, los hermanos mayores, los diputados de tramo, monaguillos y pertigueros, los que llevan las devociones en el cuello, las mujeres modistas, las costureras, las camareras, los orfebres, plateros o doradores. «Nunca tan pocos hicieron tanto por tanto», afirmó, por lo que «somos legatario de un patrimonio inmaterial importante que hay que cuidar», ya que, concluyó, «nuestro paso por las hermandades es efímero y será borrado por el tiempo».

La emoción alcanzó su cenit cuando Ortega Avilés rescató la memoria familiar. El Cautivo apareció ligado a la figura de su abuelo, quien en sus últimos días solo quería saber una cosa: «¿Cómo iba de guapa mi Esperanza?». Esa descripción perfecta de la Virgen del Domingo de Ramos sirvió para explicar que la Semana Santa es, ante todo, un vínculo inquebrantable entre generaciones. Siendo uno de los momentos más aplaudidos del pregón.

Sin Cristo no hay nada

Sin querer entrar en polémicas, el pregonero fue rotundo al afirmar que la Semana Santa puede ser arte o tradición, pero ante todo es Santa. «Sin Cristo jamás la Semana será Santa; Él es el centro de todo», sentenció, subrayando que no se puede disfrutar de la película sin conocer el argumento, en referencia a todos aquellos que solo se quedan maravillados con la contemplación de lo material.

El cierre fue un viaje a la infancia, a la «patria donde no habita el olvido«, donde el pregonero fue rescatando recuerdos de sus primeras Semanas Santas en Dos Hermanas, con el misterio de Presentación cruzando el antiguo puente o el Cristo Cautivo con su misterio, además del palio rojo de la Hermandad de la Vera-Cruz o la corte romana que acompañaba a la Amargura.

Con el último «Consummatum Est» y la victoria de las cofradías cuando regresan a su templo, Antonio José Ortega Avilés dejó de ser un pregonero para convertirse en «una voz en la profundidad de mi alma, un requiebro que se rompió en mi garganta», la voz de un pueblo que ya cuenta las horas para su primera chicotá en la calle.

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