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Pocos personajes han tenido tanta trascendencia en la Historia de Dos-Hermanas como un franciscano del siglo XVIII que pasó gran parte de su vida tras los muros de dos conventos sevillanos. Y esa trascendencia se la otorgó, cosas de la vida, lo contenido en su única obra publicada que lleva el pomposo título de “Relación del descubrimiento de la imagen de Santa Ana que se venera en Altar de esta capilla, una cruz, y otras alhajas, que se hallaron, ocultas debajo de tierra”. Es en esa obra donde se dan los nombres de las dos hermanas que, según la tradición (la Historia va por otros derroteros), “fundaron” nuestra ciudad, que nos ha llegado hasta la actualidad y que todos utilizamos cada vez que alguien foráneo nos pregunta por aquellas: Elvira y Estefanía Nazareno. Y es en esa obra donde se las vincula (sin más prueba que la propia imaginación de este fraile) con Gonzalo Nazareno, uno de los muchos adalides de las tropas de Fernando III El Santo que conquistaron Sevilla en 1248.

Pero, ¿qué sabemos de este fraile que ocupa un lugar tan destacado en la Historia nazarena? Poco, bien poco, pues su biografía nunca ha sido atrayente a los ojos ni de sus contemporáneos ni de las siguientes generaciones. Por nuestra parte, en este artículo no pondremos nuestra atención en su obra y su repercusión (que, dicho sea de paso, da para uno o varios artículos), y sí pasaremos a recoger lo que se conoce de su vida.

Nació en Dos-Hermanas en abril de 1724, siendo el cuarto hijo de Juan Baltasar de Castro y de Leonor Criado, siendo bautizado en la parroquia nazarena el día 6 de aquel mes por Alonso José Ruiz, cura de la villa. Recibió los nombres de Isidoro, Ricardo y José, y actuó de madrina Francisca Ortiz Treviño. Su padre fue una de las principales personalidades de la villa de aquella época, siendo de oficio mercader de paños, aunque también se dedicó a otros negocios agrícolas. Juan Baltasar de Castro ocupó diversos cargos en el consistorio y perteneció a las cofradías del Santísimo Sacramento, de las Benditas Ánimas y de Señora Santa Ana. En esta última desempeñó los cargos de mayordomo receptor (1731), alcalde (1735) y escribano (1761). Entre sus propiedades estaban varias casas: una en la calle Amaro (que heredó de su padre Domingo de Castro), otra en la calle Real y otra en la ciudad de Sevilla. También tomó en arrendamiento del convento de la Merced de Sevilla entre 1732 y 1735 el cortijo de Benacazón, en el término de Las Cabezas de San Juan, y terminaría fundando su propia capellanía en la iglesia de Santa María Magdalena.

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Desde joven, Isidoro de Castro sintió inclinación por la vida religiosa, y así lo vemos en el grupo de jóvenes que, en abril de 1734, formó en Dos-Hermanas un rosario o corona (especie de congregación) en torno al pendón de la imagen de la Divina Pastora que el fraile capuchino fray Luis de Oviedo depositó en esta villa durante la misión apostólica que desarrolló el 6 de diciembre del año anterior. Entre aquellos jóvenes se encontraban Juan de Rivas, Mateo Baena, Matías Rivas, Francisco de Rivas y, como ya hemos dicho, nuestro biografiado, todos ellos pertenecientes a las principales familias pudientes de la localidad. Esa pertenencia a la corona de jóvenes fortaleció la decisión de dedicarse a la religión, pero, a diferencia de su hermano Juan Domingo de Castro que realizaría la carrera eclesiástica, siendo ordenado sacerdote, Isidoro de Castro se decantó por la vida ascética y monacal. Así, en fecha que no hemos podido averiguar, aunque debió ser en torno a 1745, ingresó en la orden de San Francisco. Muy probablemente las predicaciones en Dos Hermanas de los frailes capuchinos (una de las ramas de la orden franciscana), fray Isidoro de Sevilla y el mencionado fray Luis de Oviedo influyeran en su elección.

En el testamento de sus padres, fechado en septiembre de 1762, aparece mencionado como “el mui reverendo padre frai Isidoro de Castro”, religioso (no se expresa si tenía algún cargo) en el convento Casa Grande de San Francisco de Sevilla. Y andado el tiempo, en 1777, se encontraba en Carmona, en el convento franciscano de San Sebastián. Allí era guardián, quien se encargaba de escuchar las confesiones de sus compañeros frailes y predicar en el territorio que tenía asignado ese cenobio. Más tarde, en 1794-1795 lo vemos de vuelta a la Casa Grande de San Francisco de Sevilla ejerciendo como custodio (superior de cierto número de frailes). Es en este convento sevillano donde pasaría sus últimos años de vida. Durante su estancia en él pudo acceder con facilidad a la documentación conservada en el archivo del consistorio hispalense, pues, recordemos, las casas consistoriales (donde se encontraba el citado archivo) estaban prácticamente integradas en el conjunto monumental del convento franciscano. De esta forma, pudo consultar una copia del Libro del Repartimiento de Sevilla, donde se menciona al adalid Gonzalo Nazareno, y en la biblioteca del cenobio un ejemplar de la “Historia del Real Monasterio de Sahagún” (1782), de fray José Pérez, corregida y aumentada por fray Romualdo Escalona, monje de Sahagún. Pues bien, fray Isidoro de Castro se valió de ambos libros para escribir la que sería su obra con más repercusión (si no la única): la ya citada “Relación del descubrimiento de la imagen de Santa Ana que se venera en Altar de esta capilla, una cruz, y otras alhajas, que se hallaron, ocultas debajo de tierra”, impresa en Sevilla en la casa de los Herederos de José Padrino, en la calle Génova. Sólo se imprimieron dos ejemplares, que fueron colocados solemnemente en la capilla de Señora Santa Ana el 26 de julio de 1795.

Un año antes, en diciembre de 1794, su hermano don Juan Domingo de Castro otorgó su primer testamento ante el escribano público de Dos-Hermanas Francisco José de Rivas (cuñado, por cierto, de nuestro biografiado). En él dejó establecido, entre otras cosas, que se entregase a su hermano fray Isidoro de Castro la cantidad de 400 reales para que diese limosna “a las personas que les tenía comunicadas”.
Sin embargo, a partir de 1795 dejamos de tener noticias suyas. No aparece mencionado en el segundo testamento de don Juan Domingo de Castro, de febrero de 1801, por lo que debió fallecer en los últimos años del XVIII, quizá en 1798, ignorándose el lugar de enterramiento. La fama de su versión de la leyenda de las dos hermanas sobrepasó con creces a su autor, que ha permanecido en la penumbra hasta ahora.

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