A lo largo de su Historia, Dos-Hermanas ha tenido varios tipos de viviendas, aunque bien es cierto que no encontramos aquí las grandes casas palacios que sí se dieron en otras poblaciones cercanas como Utrera o Alcalá de Guadaíra. En nuestra entonces villa proliferaron las casas más sencillas, reflejo, claro está, de la sociedad nazarena conformada en su mayoría por grupos sociales humildes y de muy corta fortuna (salvo algunas excepciones). En esta ocasión nos vamos a interesar por cómo eran las viviendas de la Dos-Hermanas del siglo XVI, centrándonos en una casa en especial, la de Ana Hernández, por haberse conservado su alzado y planta entre las escrituras públicas de nuestra ciudad.
En ese siglo XVI, el caserío nazareno fue siempre bastante modesto, incluso aquel que era propiedad de labradores o hacendados sevillanos. Su valor, por aquellas fechas rondaba los diez ducados de oro, esto es, unos 3.750 maravedíes, muy lejos de lo que costaba una vivienda en la ciudad de Sevilla, donde el valor medio de una casa sencilla en aquel siglo estaba entre los 150.000 y los 250.000 maravedíes.
La mayoría de la población nazarena, constituida por humildes braceros con bajos ingresos, no era propietaria de viviendas, por lo que vivía en régimen de alquiler. En el lado opuesto, los labradores y hacendados sevillanos poseían no sólo la casa de su morada (es decir, su residencia), sino también otras casas cuyo número dependerá de su capacidad económica. El escribano Francisco Sánchez “el Viejo” o don Luis Díaz de Toledo, por poner sólo unos ejemplos, tenían más de tres casas repartidas por la localidad.
Desde finales del siglo XV y en todo el Quinientos, en líneas generales, encontramos en Dos-Hermanas dos tipos de vivienda: la que podemos denominar como “casa común”, y la “casa modesta”. Ambas presentan un punto en común: absoluto descuido decorativo en el exterior, siguiendo la costumbre heredada de los musulmanes. La “casa común” estará en manos de las capas más humildes de la localidad. Solía ser de una sola planta y era cubierta con bayunco, palma u otro tipo de ramaje. Asimismo, se utilizaba exclusivamente el tapial para los muros.
En cuanto a la “casa modesta”, será propiedad del grupo más pudiente de Dos-Hermanas. Y para poder apreciar mejor el aspecto que solía tener, prestaremos nuestra atención en la ya citada casa de Ana Hernández, ama de don Hernando Díaz de Ayala. Gracias a la escritura de obligación de obra de Miguel Pérez, albañil encargado de construir esa vivienda, fechada el 25 de noviembre de 1545, sabemos que se emplearon para edificarla piedra, ladrillo, madera, cal y arena, elementos estos característicos de este tipo de vivienda. La piedra (material, por cierto, bastante caro dada su escasez en Sevilla) se utilizó para los cimientos, sobre los que se levantaron los muros de ladrillo, que tenían cuatro varas de altura (3,36 metros).
Se trataba de una casa de dos plantas, cada una de ellas con una única estancia, amplia y espaciosa. En la planta baja estaría el espacio público de la casa, donde se desarrollaba la vida diaria, y en la superior se encontraría el aposento privado, destinado al descanso. En la planta baja no podía faltar la chimenea, donde se encontraba lo que se conocía como el “fuego del hogar”, que era llana con ventanillas y blanqueada. En ella es donde se cocinaba y donde se reunía la familia en la noche y en la época de frío.

Para la techumbre (en este caso a dos aguas), se colocaron vigas de madera, poniéndose tejas árabes en el exterior. Y en cuanto al exterior, la única decoración se concentraba en la puerta principal, realizada en este caso en piedra (aunque se podía construir en ladrillo), y compuesta por un arco carpanel (muy popular en el XVI). Sobre el citado arco se abría una ventana geminada o ajimez, única apertura que daba luz a la estancia superior. El pilar central que sostendría los arcos de medio punto del ajimez, sería, según se apunta en el referido documento, preferiblemente de mármol o, en su defecto, de ladrillo. La casa contaba, asimismo, con patio y corral.
En cuanto al mobiliario presente en este tipo de casas, lo conocemos gracias a los inventarios postmortem y las cartas de dote. Todos ellos registran muebles y utensilios humildes, que mejorarán, obviamente, a medida que suba la escala económica de los dueños.
Pongamos dos casos. El mobiliario de la casa del matrimonio formado por Alonso Rodríguez Romero y Luisa Mateos, de modesto caudal, estaba compuesto en 1539 por «un colchón de lienço blanco lleno de lana blanca nueva», dos sábanas, dos almohadas, una banquilla de cama, dos bancos y un cañizo de cama, una bancaleja de lienzo pintada, tres paños de cama con figuras pintadas, «un paño pintado para un çielo», «un paño pintado de las Yndias para çercadura», tres pañuelos de mesa, una mesa de cuatro pies (valorada en tres reales), un arca vieja (de cuatro reales) y otra fresada (con un valor de un ducado y medio), dos sillas de costillas nuevas, una caldera usada, un lebrillo amarillo grande, una canasta y una espuerta de palma de media fanega. Es llamativo que sólo existieran dos sillas en toda la casa, pero tiene su explicación. Todavía en el siglo XVI era costumbre (en todos los grupos sociales) sentarse en el suelo, para lo cual se disponía un estrado o tarima de madera y sobre él alfombras, esteras y cojines para aislarse del frío. Lo mismo, dicho sea de paso, ocurría en el interior de las iglesias.
Mucho más extenso era el de la casa de Bartolomé Martín y Francisca Ortiz, de esos mismos años, constituido por dos colchones blancos llenos de lana, una colcha, seis sábanas (dos de ellas de rúan), cuatro almohadas (dos labradas de grana y otras dos realizadas en seda), dos sillas grandes, un sobre-estrado, dos bancos, un cañizo, dos lebrillos, dos cojines, una caldera, una paila, un acetre, una alcuza de hoja de Milán (esto es, hojalata), cuatro asadores, tres candiles, unas parrillas, un trébede, una paleta de hierro, dos sillas de costillas, una mesa de cadena con su banco, dos candeleros de azófar (latón), una estera de junco y una caja de madera con cerradura.
Con el paso del tiempo, las casas irán adaptándose a las nuevas necesidades de los nazarenos, aunque conservarán muchos elementos del Quinientos.




























